Un milagro!!!

Yo, que en varias ocasiones he declarado mi ateismo, hoy he de reconocer que comienzo a creer en los milagros.
Es cierto, creo en los milagros. Pero en los milagros de la Vida, no en los que los señores de faldas largas y negras nos dicen que hay que creer cual dogmas de fe.
Y en este caso el milagro ha venido de la mano de una mujer. Ella se llama, por ejemplo, Lucía y tiene unos treinta y cinco años aproximadamente.
Hace años contrajo matrimonio con un hombre que decía amarla y le pegaba. Que decía respetarla y abusaba de ella en todos los sentidos física y psicológicamente. Que decía que ella era la luz de sus ojos pero la mantenía encerrada con llave durante semanas en casa sin que ella pudiera ver la luz del sol.
Las palizas que Lucía recibía no arañaban únicamente su cuerpo. También dejaban heridas en su alma que eran las que nunca curaban. Esas permanecían y permanecen todavía, pero poco a poco las va venciendo.
De aquella tormentosa relación nació una preciosa niña a la que Lucía llamó Luz, porque realmente aquella niña fue eso para la madre; una luz clara y brillante cargada de ilusión y de esperanza en el futuro.
Las palizas continuaron y poco a poco Lucía comprendió que su hija no merecía ver lo que ella estaba sufriendo, así que un día se armó de valor y con su hija en brazos salió de su casa y fue a buscar a sus padres que la ayudaron y cuidaron de las dos.
Inició los trámites de separación y de divorcio. Así pudo dejar atrás una dura etapa de su vida.
Al poco tiempo conoció a Alberto, que la ayudó a superar las heridas del alma y que le dio todo el amor que tenía dentro. Le enseñó los caminos de la ternura y del placer de desear estar con alguien sin miedos ni temores a las palizas.
La enseñó a quererse a sí misma, a respetarse y volver a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida y la colocó en el centro mismo de su vida.
La acompañó cuando se celebró el juicio por la custodia de la pequeña Luz y la aconsejó participar en todos los talleres que se organizaran para mujeres maltratadas para que, desde el reconocimiento, pudiera superarlo acompañada por profesionales y por el grupo de mujeres que habían pasado por lo mismo que ella. Era una forma de que no se sintiera sola en el camino, a pesar de que ella siempre sentía la compañía de Alberto cercana.
Con el tiempo, Luz creció y apenas se acordaba de su padre y comenzó a llamar “papá” a Alberto, quien se llenó de gozo y de ternura y comenzó a desear ser padre.
Lucía comprendió que el momento de la verdad con Alberto había llegado y lo afrontó con ilusión y optimismo.
Así, hace apenas unos días nació Manuel y el milagro se hizo realidad. Ayer me llamó su madre para darme la feliz noticia y emocionada me contaba cómo el parto había sido natural y sin epidural y sin que nadie la forzara a dar a luz. Los dejaron solos a los dos en una habitación y sólo cuando la cabeza de Manuel apareció la llevaron al paritorio, pero siempre de la mano de un Alberto emocionado.
Alberto me contó también su versión y su emoción y me decía como la suya era doble puesto que por un lado lo era por sentir el milagro de ver nacer a su hijo y por otro al ver la fuerza de aquella mujer, su compañera, por haber superado la etapa del dolor y de la tristeza en el alma y estar allí mismo, a su lado iniciando junto a él la aventura de una nueva maternidad, esta vez deseada, con aquella fuerza y aquellas ganas de vivir.
Estos milagros son los que nos invitan a las mujeres comprometidas a seguir luchando por otras que no tienen tanta suerte como nosotras y sufren mucho más que nosotras.
El testimonio de Lucía es real aunque los nombres están todos cambiados, y el hecho de que sea real permite comprobar que la esperanza es lo último que ha de perderse.
Ben cordialment.
Teresa

1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. vinka a
    Ago 05, 2007 @ 16:33:45

    Como siempre , tere, me encantas con lo que escribes.
    Desde el frío Chile, te mando un abrazo y escribe a tu amiga sudamericana
    Vinka

    Responder

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