Cincuenta euros de multa por una bofetada y no es machismo

Tere-2Esta semana asistíamos estupefactas a la noticia que confirmaba la Sección Segunda de la Audiencia Provincial de Castellón sobre una sentencia en la que un hombre ha sido absuelto del delito de violencia de género del que se le acusaba por abofetear a su expareja al considerar que no se trató de una reacción “machista” y se le imponía una multa de cincuenta euros.

La asociación de Juristas Themis y ha puesto a disposición de la víctima sus servicios jurídicos de forma gratuita para interponer recurso ante el Tribunal Constitucional puesto que no hay para menos porque en esa sentencia se hace una interpretación totalmente contraria a la doctrina marcada por el Tribunal Constitucional, perjudicando a las mujeres víctimas de violencia de género.

Y es que la violencia de género estructural aparece por cualquier rincón al que nos asomemos. Podríamos decir que casi está interiorizada por parte de la ciudadanía, que podría ser algo consustancial a la vida misma y a la existencia de mujeres y hombres en el mundo. Es como una interpretación rancia del llamado “derecho natural” que tanto nos ha perjudicado a las mujeres.

Hace unas semanas y en este mismo espacio, hablaba de algunas citas “sagradas” que permitían a los señores de faldas largas y negras con su nuevo Papa a la cabeza mantener silencio frente al terrorismo machista. Pues bien, este tipo de sentencias van en la misma línea. Pretenden, sin lugar a dudas, mantener el orden establecido y no cuestionar los privilegios de los que disfrutan los hombres desde hace cientos o miles de años y, por tanto y al mismo tiempo pretenden aleccionarnos a las mujeres.

Cualquier silencio que permita o no condene cada uno de los asesinatos de mujeres que se producen, es un silencio cómplice. Esta es mi opinión y no la voy a cambiar.

Esos silencios provienen habitualmente de quienes nos gobiernan que, con su cobardía habitual no reconocen que esto también es terrorismo, pero machista y eso les fastidia mucho.

También mantienen silencio los dirigentes de faldas largas y negras amparándose en “la resignación cristiana” y en “el santo sacramento del matrimonio” aunque dentro de ese sacramento se golpee y mate a las mujeres.

Y con este tipo de sentencias y silencios, también son cómplices todas aquellas personas que pertenecen a la carrera judicial que por acciones como estas o con silencios permiten que se nos siga matando a las mujeres.

A esta gente del “frufrú” como les llama un amigo mío (por el roce que producen las togas y las puñetas) les hago responsables en todas sus instancias, por no acometer con la dureza exigible la legislación vigente en esta materia y escudarse en otras leyes para evitar la aplicación de la Ley Orgánica 1/2004 de medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género.

Y así nos va, puesto que en lo que llevamos de año son ya quince las mujeres asesinadas por parte de sus parejas o exparejas y varios los menores también asesinados por los miserables y cobardes de sus padres con el fin de amargar la vida de las madres por desear alejarse del agresor. ¿Nos podemos permitir tantas muertes de mujeres y sus criaturas, mientras los de los frufrús, siguen interpretando las leyes según sus propias convicciones?

Presumen de imparcialidad a la hora de interpretar normas jurídicas, pero es bastante conocido que no lo son, ni mucho menos progresistas, aunque algunos militen en asociaciones que pretenden serlo, puesto que si realmente se creyeran sus propias palabras, pondrían en práctica las tres equis [1] y, como podemos comprobar no lo hacen en absoluto.

Así nos encontramos con que siguen valiéndose de su poder para seguir maltratando, de nuevo, a las mujeres, al cuestionar sus voces, al no tener en cuenta el sexismo imperante en las leyes y al no incluir en sus sentencias ni sus actitudes la terrible herencia recibida a lo largo de cientos de años de machismo y de desigualdad social en todos los ámbitos.

Actitudes como la de quienes han dictado esta sentencia deberían llevar implícito un expediente de oficio por parte de la instancias judiciales superiores y, al no hacerlo, con su silencio se convierten de forma automática en cómplices al permitir que socialmente se pueda abofetear a una mujer con una simple multa de cincuenta euros. Es terriblemente machista, vejatorio e impropio de una sociedad que pretende ser moderna.

Pero es todavía peor que entre las prioridades de esas asociaciones dentro de la judicatura llamadas y autoproclamadas como “progresistas” no se encuentre la defensa de la vida de las mujeres y sus criaturas, pero en cambio si se encuentren otros objetivos.

Así, por ejemplo esta semana pasada y después de un acto público, Joaquim Bosch,  portavoz de Jueces para la Democracia (teóricamente una asociación progresista dentro de la judicatura) escribía esto en la cuenta de una red social: “Uno pensaba que su labor era actuar contra quienes infringen la ley. Pero no que acabaría teniendo que defender a la Justicia de las acciones del propio Gobierno. Defenderla de las limitaciones gubernamentales en el acceso a los tribunales, a través de las tasas. De la vigencia de leyes hipotecarias contrarias a las normas europeas. De la falta de medios para actuar contra la corrupción. De las reformas que pretenden limitar la independencia judicial. Como ha ocurrido en Portugal, donde los magistrados del Tribunal Constitucional han tenido que defender a la Justicia de las medidas de su Gobierno, para que no siguiera practicando recortes en beneficio de los más ricos.” ¿Alguien encuentra una sola palabra sobre la defensa de la vida de las mujeres y sus criaturas? Yo no la he visto. No está en su agenda reivindicativa. No existe como problema de primera magnitud y por tanto somos muchas las que nos preguntamos: ¿Qué ocurriría si hubiesen sido asesinados por terrorismo quince hombres y algunas de sus criaturas?, ¿Estaríamos hablando en los mismos términos? Creo que no. Y, por supuesto, eso me lleva a la siguiente conclusión: Para muchos segmentos importantes de nuestra sociedad (léase clase política, señores de faldas largas y negras, quienes llevan frufrús, algunos medios de comunicación y otras) la vida de las mujeres tiene menos valor que la de los hombres.

Y mientras no se considere que cada asesinato de mujeres a manos de un hombre es terrorismo machista y se denuncie públicamente por parte de toda la sociedad, no estaremos en el camino correcto. El silencio hace cómplices a quienes callan y me da la impresión que cada día son más quienes callan.

Al terrorismo machista hay que darle el tratamiento correspondiente a lo que es terrorismo. No podemos permitir que quienes imparten justicia, hacen política, predican credos o crean opinión consideren las vidas de las mujeres, vidas de segunda clase.

Las mujeres somos seres humanos plenos. Tenemos derechos plenos. Exigimos ser tratadas con todos nuestros derechos. Exigimos que la justicia sea plenamente igual para mujeres y hombres. De lo contrario no podremos creernos que estamos en un Estado de Derecho, ya que estaremos, como después de la Revolución Francesa, en un estado de derecho masculino.

A pesar de ello, somos muchas, las que continuaremos recordando que esos derechos nos corresponden, que también son nuestros y que seguiremos en la lucha para conseguir que la igualdad recorra todas las instancias que todavía se resisten a ello.

Somos, estamos y estaremos, como antes fueron, estuvieron y nos dejaron el testigo. Como nosotras (y cada vez más nosotros) dejaremos el testigo a quienes vengan detrás. Pero lo conseguiremos.

 

Ontinyent, 14 de abril de 2013.

Teresa Mollá Castells

tmolla@teremolla.net

 

[1] Las tres equis. A saber:

Equipotencia: Dar el mismo poder en todos los aspectos a mujeres y hombres

Equivalencia: Dar el mismo valor a mujeres y hombres en todas las  esferas de la vida

Equifonía: Dar la misma consideración a las voces de mujeres y hombres

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