Sororidad, esa gran desconocida

Tere 9 octubre            La situación de las mujeres depende, en demasiados casos, del lugar en donde hayamos nacido. De ese modo, no es lo mismo vivir en Madrid o Barcelona que en Ontinyent, por ejemplo. Las realidades son diferentes, el acceso a determinados recursos es diferente, la posibilidad de acceder a reuniones, manifestaciones y otros eventos de forma presencial cambia, etc. Y todo ello sin salir del Estado Español.

Afortunadamente cada día somos más capaces de superar ese tipo de inconvenientes y los encuentros son más frecuentes. También es cierto que en la medida en que nos vamos apoderando de las redes sociales y de los espacios virtuales que nos brinda internet, la cercanía de esos encuentros es mayor y nos permite un mayor grado de encuentros.

Pero en demasiadas ocasiones nos olvidamos de “las otras”, las invisibles, las lejanas, las que no están aquí, las sin voz, las asesinadas, las anuladas por el sistema patriarcal y obligadas a venderse de múltiples maneras para sobrevivir, las que no pueden elegir nada en sus vidas, las vendidas, las humilladas, las esterilizadas de forma forzosa, las violadas de aquí y las de allá, las sometidas a la fuerza, las usadas como vasijas para procrear por dinero o por limpiezas étnicas, las esclavas sexuales, las que tienen diversidad funcionales, etc. Todas estas y muchas más son siempre “las otras”. Son mujeres sin presencia en nuestro día a día. Pero son y existen.

El feminismo, todos los feminismos reivindican la sororidad, la solidaridad entre nosotras. Pero en demasiadas ocasiones más que sóricas podemos llegar a ser muy olvidadizas de las situaciones de esas “otras”.

Poco a poco descubro que no es tan fácil ser sórica. Llevamos demasiadas mochilas heredadas para serlo siempre y con todas.

Pesan la clase, la condición, el etnocentrismo, las creencias religiosas y culturales, y un largo etc. que poco a poco nos permiten mirarnos el ombligo de nuestro día a día y de nuestras situaciones más cercanas. Es otra garra afilada del patriarcado.

Cuando en nuestros discursos nos olvidamos de esas “otras” lejanas o cercanas le hacemos un favor al patriarcado, porque permitimos que nos siga desuniendo. Y el objetivo para combatirlo es sumar, nunca restar.

Para sumar hemos de entender para integrar. Hemos de convencer sin invadir. Hemos de tolerar sin imponer.

Al patriarcado sólo se le podrá plantar cara de verdad desmontándolo, pero desde la complicidad entre nosotras y esas “otras” y con la incorporación cada vez mayor y más cómplice de muchos “ellos” que van tomando conciencia de que a ellos el puñetero patriarcado tampoco se lo pone nada fácil y que también combatirlo es cosa suya.

Cuando llegas a entender que patriarcado y capitalismo van de la mano, necesariamente se ha de confluir en las militancias de feminista y de clase. Pero además se ha de sumar la militancia anticlerical para desmontar el discurso de los señores de faldas largas y negras que pretenden mantener el orden de las cosas para poder seguir disfrutando de sus privilegios históricos. Y este tipo de señores pueden llevar faldas largas y negras, turbantes y chilabas o largas patillas colgantes con sombreros negros o mantos azafrán por ejemplo, porque todos son iguales y predican lo mismo respecto de las mujeres: sumisión y subsidiariedad con respecto a los hombres.

Si ellos no tienen ninguna duda con respecto a su posición y practican una feroz fraternidad entre ellos más allá de razas, países, religiones, etc. ¿Por qué a las mujeres nos cuesta tanto reconocernos entre nosotras y reforzarnos? Sinceramente no tengo la respuesta. Pero me fastidia mucho comprobarlo. Y está ahí. Ocurre cada día.

En demasiadas ocasiones el paternalismo y etnocentrismo patriarcal se nos cuela y actuamos como ellos con esas “otras”. No somos sóricas cada vez que impedimos su empoderamiento con ese tipo de actitudes. Porque cuando nos tocan a una nos tocan a todas.

Para nada pretendo dar lecciones de nada ni a nadie, ni mucho menos sumar culpas a las que ya cada cual pueda llevar en sus propias mochilas. No es ese ni mucho menos el objetivo de este escrito. Pero si pretendo reflexionar sobre algo que me preocupa cada día y es ese juego que, sin pretenderlo, le estamos haciendo al patriarcado cada vez que nos olvidamos en nuestros discursos y en nuestros hechos cotidianos de esas “otras” que, como sabemos, existir, existen.

En demasiadas ocasiones (al menos para mí) he escuchado las divergencias con las que se entiende y practica el feminismo. Y siempre pienso lo mismo: Pero si puede haber tantos tipos de feminismos como mujeres e incluso hombres feministas existen. Si lo importante, lo esencial no es cómo ni cuándo se actúe. Para mí lo realmente importante es que se actúe contra lo que realmente nos oprime que es esa feroz complicidad entre capitalismo y patriarcado para conseguir unas mayores cotas de igualdad real.

Mientras no seamos capaces de superar diferencias e integrar voluntades para desmontar el sistema, el patriarcado campará a sus anchas.

Mientras no nos reconozcamos en cada una de todas las “otras”, haremos el juego al sistema que nos sigue utilizando en nuestra propia contra.

La desigualdad ante los hombres es algo común a todas las mujeres del mundo, aunque haya matices dependiendo de donde vivamos, pero esencialmente esa desigualdad existe en todas partes. En la medida seamos conscientes de ello y sumemos voluntades para combatirla estaremos socavando los cimientos patriarcales.

Integrar, sumar, y practicar equivalencia, equipotencia y equifonía, entre todas nosotras seguramente nos ayudará en nuestro camino hacia la práctica sórica y, por tanto, también nos permitirá desmontar el patriarcado que nos asesina, mutila, explota, humilla y un largo etc.

Ese quiero que sea mi camino, ¿Se suma alguien más?

Ben cordialment,

Teresa

1 comentario (+¿añadir los tuyos?)

  1. Carmen Pérez Omil
    Feb 23, 2016 @ 12:08:46

    Me siento valorada y reconfortada con tus palabras. Soy una mujer diversofuncional, pues tengo una discapacidad física y motórica del 99%. Muchos de mis problemas surgen como consecuencia de esa doble discriminación a que la sociedad me relega: primero, por ser mujer, y después por contar con una discapacidad. La sensación en la que vivo permanentemente es la de la más absoluta invisibilidad, y muy pocas veces he sentido el acompañamiento de que debiera haberme proveído el movimiento feminista. Gracias.

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