Lo que nos queda por hacer todavía…

        Esta semana he vivido una situación de machismo en toda regla y, aunque no voy a dar detalles, quiero reflexionar sobre la teoría y la práctica del feminismo.

         Como es sabido llevo más de veinte años escribiendo sobre feminismo y sobre cómo las violencias machistas de todo tipo inciden sobre la vida de las mujeres. Y también y sobre todo en cómo el sistema patriarcal difumina esas violencias para que sean difícilmente detectables socialmente y, por tanto, justificables a la vista del conjunto de la ciudadanía.

         Pues bien, ante la situación vivida, mejor dicho, sufrida, le explicaba a un par de personas que era una situación de mantenimiento de privilegios machistas ante la posibilidad de sentirse amenazado. Nadie lo veía de esa manera. Veían hostilidad, arrogancia, etc, pero no machismo. Alucinaba.

         El incidente o, mejor dicho, el cúmulo de incidentes me hizo reflexionar sobre en cómo el feminismo ha de seguir haciendo intervención de forma cotidiana para que las conciencias de mujeres y hombres se vayan abriendo. Unas para detectarlo en la parte más sutil e incluso en forma de micromachismos cotidianos y los otros para revisarse y revisar comportamientos propios y ajenos.

         Cuando se lo explicaba a una compañera amiga, su respuesta totalmente honesta fue la de “seguramente tengas razón, pero yo no lo veo”. Y le agradezco esa honestidad porque me lleva a revisar esa parte de tolerancia que seguimos teniendo con esos comportamientos sutiles de dominación y de supremacismo masculino y machista.

         Están ahí y se justifican casi siempre. Da igual que sean parejas, amigos, compañeros, coincidentes laborales, etc. Están ahí y actúan así, pero cuando se lo haces notar, se enfadan y se lo toman como un insulto como si en realidad les estuviéramos contando una mentira. Y solo se lo hacemos notar para que intenten reaccionar y poner su grano de arena para mejorar este mundo en el que tenemos que convivir mujeres y hombres.

         Me entristece profundamente saber que, pese a los avances realizados en las últimas décadas, en lo diario, en lo cotidiano siguen dándose situaciones que, precisamente por cotidianas, cuestan tanto de desmontar y, por tanto, de visibilizar.

         Pese a los estudios, a las posiciones que se tengan socialmente, se siguen justificando e invisibilizando y eso permite su pervivencia. Porque las violencias machistas pueden ser tan invisibles que no las reconozcamos, pero están ahí.

         No solo es violencia machista la de los golpes físicos. Hay muchos más tipos de violencias machistas: la simbólica, la psicológica, la estructural, etc. Y esas, por más invisibles son más dañinas porque dejan a la víctima con la responsabilidad social de la duda de si lo que vive es lo normal y socialmente aceptado o quizás se lo esté inventando para culpabilizar al agresor. Y lo que es todavía peor, se cuestiona su salud mental.

         Triste muy triste que sigamos sin avanzar en la erradicación de estos comportamientos tan sutiles como dolorosas para las mujeres solo por ser mujeres y que la falta de formación impida la detección de estas situaciones tan dolorosas para tantas y tantas mujeres.

         Y mientras sobre ellos, sobre los agresores, el manto de la impunidad y de la justificación social de forma permanente que permite el uso y abuso de sus actitudes para con las mujeres que se cruzan en sus caminos.

         La de hoy no es una reflexión victimista sobre lo que ha ocurrido y ocurre cada día con las mujeres. Lo que pretendo es sacar a la luz algo que, por sabido, se olvida con facilidad y es la falta de formación y, por tanto, de tolerancia, con esas actitudes aceptadas porque llevamos siglos de patriarcado que ha normalizado las violencias machistas.

         Y, si bien el feminismo ha conseguido que los asesinatos de mujeres sean condenados socialmente y ya difícilmente justificables, sigue quedando mucho trabajo que hacer con el resto de las violencias machistas que son más invisibles y se siguen tolerando e incluso justificando, precisamente por su invisibilidad y su desconocimiento.

         No sólo los golpes y los asesinatos de mujeres son violencias machistas. Hemos de redoblar nuestros esfuerzos para que el resto de las violencias machistas sean igualmente reconocibles dentro y fuera del ámbito del hogar. Hemos de conseguir sensibilizar a la sociedad para que todas esas violencias, actualmente incluso aceptadas y justificadas, sean igualmente desmontadas y condenadas socialmente. Y poner en evidencia a los agresores, cuestionar su verdad en lugar de cuestionar la de las víctimas. Dar apoyo a las víctimas y rechazar al victimario, mejor dicho, al agresor.

         De ahí el título de este artículo o reflexión: Lo que nos queda por hacer todavía…

         Pero al mismo tiempo, la fuerza que nos queda todavía para desmontar al patriarcado, que es de lo que se trata. A por ello!!!

         Ben cordialment,

         Teresa

 

 

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Alicia Murillo Ruiz

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