¿Por qué se teme al feminismo?

tere-gijon            Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua el término feminismo se define como la “Ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres”. Nada escandaloso como vemos. O, ¿acaso sí es escandalosa esta definición por lo que comporta?. Al parecer sí lo es para muchos machirulos e incluso algunas machirulas.

Si nos vamos al artículo 14 de la Constitución nos encontraremos, literalmente, con esta redacción: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.” Y, a menos que, por la utilización del genérico masculino, se nos excluya a las mujeres españolas de toda la Constitución, dice que somos iguales y sin discriminaciones.

Por tanto, si pasamos por alto el sexismo lingüístico de la expresión “españoles” y entendemos que se ha utilizado para englobar a toda la población española, podríamos afirmar que la Constitución, según el diccionario de la RAE es feminista, puesto que defiende que las mujeres debemos tener los mismos derechos que los hombres sin que prevalezca ninguna discriminación por razón de sexo.

En algunos aspectos se ha avanzado bastante como los casos de las ciudades que se han declarado feministas como Terrassa, sobre la que ya escribí en su momento, y a la que después han seguido Sabadell y Sant Quirze del Vallés. Ciudades que buscan la igualdad de toda su ciudadanía sin distinciones. Sencillamente acatando la Constitución.

Pero cuando se utiliza el término feminista, saltan las alarmas. Y es que el motivo está bien claro. Con una igualdad real se acaban los privilegios. Y el patriarcado, fuertemente arraigado en nuestras sociedades, se alimenta de los privilegios históricamente autoasignados.

El feminismo busca la igualdad de derechos y oportunidades de mujeres y hombres y, por tanto no es, no debe ser únicamente, un tema de mujeres. La reivindicación de la igualdad nos atañe a mujeres y hombres, pero al ser las mujeres las mayores perjudicadas por el patriarcado, somos las que más damos la cara. Pero existen hombres que están a nuestro lado en esta reivindicación de igualdad real que no formal.

El temor de hombres y mujeres al feminismo viene dado por el temor a la pérdida de esos privilegios que se tienen por ocupar espacios tradicionalmente masculinos, por tener que ceder lo que se ha usurpado de forma ilegítima a lo largo de la historia: la igualdad en el derecho al acceso a los recursos de todo tipo, sean estos tangibles o intangibles. Y por recursos me refiero a espacios públicos, privados, riqueza, acceso a la justicia, a la educación, a la salud, a derechos civiles y un larguísimo etc. Pero también y por supuesto a nuestro propio cuerpo de mujeres para decidir libremente si queremos o no queremos ser madres, sin que por ello nos convirtamos en “salas de ejecución” tal y como afirmó un machirulo que anda por la política y que, al parecer tiene las neuronas más sueltas incluso que la lengua, que ya la tiene muy suelta.

Y es que perder privilegios no le gusta nadie y por eso aparece el rebote de toda la caverna cuando surge la exigencia por parte de las feministas de la igualdad. Y es que no pueden evitar llevar en el ADN aquello de las jerarquías masculinas naturalizadas por siglos de discursos patriarcales. Pero no. Señores y señoras de la caverna, la igualdad es un derecho que tenemos reconocido y cada vez que lo niegan, están negando no sólo el derecho constitucional, sino el derecho incluso a la vida.

Y si, digo a la vida y digo bien, puesto que permitiendo la desigualdad para mantener sus privilegios, permiten los asesinatos de mujeres, porque desigualdad y violencias machistas siempre van de la mano. Más

Desigualdades, ¿las sabemos reconocer?

Tere roig            En demasiadas ocasiones se nos acusa a las feministas de “radicales” por pasarnos la vida reivindicando una igualdad real entre mujeres y hombres y no conformarnos con la igualdad formal en la que vivimos.

Denunciamos con datos y con hechos esas desigualdades para hacerlas más visibles. Y no sólo recurrimos a las cifras (teóricamente) objetivas que nos muestran las encuestas y los sesudos estudios que se realizan en los laboratorios de todo tipo. No. No nos hace demasiada falta. Solo con observar las realidades cotidianas y con unos ojos bien abiertos sabemos percibirlas rápidamente.

Es justo en ese momento, en el que una mirada entrenada lo percibe y le pone palabras, cuando saltan las alarmas patriarcales (de mujeres y hombres, todo hay que decirlo) para llamarnos radicales, feminazis y otras lindezas de ese tipo y que ya conocemos. En fin…

Y es que como dice la frase “No hay peor ciego que el que no quiere ver” y ahí están las desigualdades pero si no las sabemos ver, si las mantenemos ocultas a nuestros ojos, nos resultará mucho más fácil seguir según el orden establecido. Un orden por otra parte, absolutamente impuesto por el patriarcado para mantener todos sus privilegios.

Vamos a observar ese orden y desgranar algunas de las “normalidades” cotidianas.

El miedo, esa potente arma que permite la dominación. El miedo, por ejemplo, a caminar solas y de noche es un hecho que todas conocemos porque lo hemos padecido en alguna ocasión. Y ese miedo real es la consecuencia de ocupar el espacio público que simbólicamente pertenece a los hombres. Y el mensaje que se transmite es que no se debe transitar cuando ha oscurecido porque ellos pueden ocuparlo todo, incluso tu cuerpo, por estar en su espacio. Si ya sé que dicho así puede sonar un poco brusco, pero el mensaje simbólico que se transmite es ese. “Este es mi espacio y si lo ocupas, yo puedo ocuparte incluso a ti”. Sin más razón que esa.

Otro ejemplo. Legalmente está establecido que tanto el padre como la madre puedan reducir su jornada laboral para el cuidado de sus criaturas menores o para el cuidado de familiares. Como las tareas de cuidados han sido tradicionalmente un rol de las mujeres, son ellas las que, mayoritariamente, se toman estos permisos con la consiguiente reducción salarial que a su vez afectará a sus futuras pensiones. O, en el peor de los casos, serán ellas las que abandonen sus empleos para el cuidado de personas mayores, menores o dependientes, con la consecuente pérdida de la independencia económica presente y futura. Pero esto sigue siendo “normal” para muchísima gente. Más

La perversidad de los lenguajes

Tere roig            Estamos viviendo una semana terrible por los atentados terroristas de Niza y el intento de golpe de estado en Turquía. Pero también por las mujeres que han sido asesinadas por terrorismo machista y por la guerra en Siria o los conflictos armados evidentes u ocultos que existen en el mundo. Hablo de México, Palestina, Ucrania, Sudán del sur, Nigeria, República Centroafricana, Congo, Irak, Afganistán, Yemen, Pakistán, Mali o Somalia, por citar sólo algunos de ellos, porque hay más.

Las páginas de los periódicos mundiales se han llenado de imágenes y textos sobre lo ocurrido en Niza y en Turquía. Se habla de la ingente cantidad de muertos (que no de personas muertas) y de todos los detalles del camión así como del asesino que lo conducía. Cuando describen brevemente la biografía de este asesino se habla de que tenía antecedentes penales por temas menores. Claro que para quien escribe eso, dar palizas a su mujer de forma reiterada, es un tema menor.

Este asesino ha arrebatado las vidas de ochenta y cuatro personas de forma intencionada y despiadada. Y también daba palizas de forma reiterada a su mujer de forma intencionada y despiadada.

En demasiadas ocasiones los lenguajes son utilizados de forma interesada. Demasiado interesada diría yo. Y en estos momentos de confusión mundial, nada mejor que echar la culpa al asesino de Niza y que nos permita desviar la mirada de otros focos en donde también mueren personas cada día.

No pretendo, ni de lejos restar importancia a lo ocurrido en Niza ni en Turquía, pero sí pretendo reflexionar sobre el papel que se está dando a la información dependiendo de la zona geográfica o del interés geopolítico de donde provenga. Y los trágicos hechos acaecidos esta semana son un buen ejemplo de lo que digo.

El intento de golpe de estado en Turquía es otro ejemplo de lo que digo. Dependiendo del medio que leamos será parte de Europa o no. O, “los malos” en realidad serán “los buenos”, o no. Y por cierto si el Tuit de Felipe de Borbón que he leído esta mañana es cierto, tiene narices el tema. Dicho tuit dice textualmente: “Me parece lamentable lo que está sucediendo en Turquía, imponer un Jefe de Estado sin elecciones ni nada no debería ser posible. Un abrazo”. Insisto en que si es cierto, ya le vale, precisamente a este señor, Jefe de Estado por imposición divina, hacer tal afirmación.

Pero volviendo a lo ocurrido en Turquía y a su cobertura mediática, nos permite hacernos una idea de la importancia geopolítica que tiene no sólo este Estado, sino de las políticas que Erdogán está llevando a cabo, por ejemplo con las personas refugiadas que llegan de otras zonas en conflicto y lo que significaría un giro político en ese sentido.

Al final me reafirmo en lo que ya dije hace un tiempo y es que la importancia de las vidas humanas está intrínsecamente ligada a la zona en la que ha nacido. Y dentro de la zona en la que se ha nacido o reside, de nuevo aparece la dicotomía de si se es hombre o mujer. E insisto en que a los hecho me remito.

El conflicto en Ucrania ha perdido intensidad mediática pero no sabemos si realmente se siguen matando personas por intereses nacionalistas neo fascistas.

En Palestina se siguen construyendo asentamientos ilegales en zonas de Cisjordania y se sigue manteniendo el conflicto entre el pueblo palestino y el judío con unos intereses imperialistas claros por parte de los diferentes gobiernos sionistas de Israel. Y las mujeres siguen siendo utilizadas como campo de batalla en la medida en que son embarazadas continuamente con el objetivo de aumentar la natalidad permanentemente como un claro objetivo político. Su presencia en los medios depende de la intensidad con la que se asesine y no por la falta de respeto a los derechos humanos. Y esto es así de duro.

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Parole, parole, parole…

TereMolla Agullent            Ayer fue un día un tanto extraño. Y cuando digo extraño no me refiero a negativo. Sólo extraño.

Por la mañana mientras conducía escuché en la radio una noticia que me impactó tanto por el contenido como por las formas. Decía más o menos que “La Guardia Civil estaba buscando una patera que al parecer habría volcado y en la que viajaban treinta y tantas personas y dos mujeres”. Así, directo al cerebro y al corazón.

Después y ya en casa me topo con la noticia de que una magistrada de Vitoria preguntó a una mujer si “cerró bien las piernas” tras presentar una denuncia por maltrato físico, psíquico y abusos sexuales, según la asociación Clara Campoamor.

Supongo que ya se entenderá porqué califiqué antes de extraño el día. Dos claros ejemplos de cómo el patriarcado sigue imponiendo su ley en las vísperas del 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, de todas las Mujeres.

En la primera noticia (y sin entrar en el fondo de la noticia) la PERSONA que la redactó independientemente de si fue mujer u hombre, nos excluyó a las mujeres de la condición de personas. Directamente adjudicó esa condición a los hombres, puesto que a las mujeres nos nombra explícitamente. Son las trampas del lenguaje. No creo que sea tan difícil de entender que las mujeres también somos personas, ¿no?. Pues ya vemos que para alguna gente no lo somos y nos sacan explícitamente de ese concepto.

El lenguaje, como elemento transmisor de ideas y valores, se convierte en este caso en una potente arma del patriarcado, incluso nombrándonos, porque lo hace precisamente para diferenciarnos de la condición de persona y dejarnos en la infra-condición de mujeres al homogeneizar los términos de persona y hombres. De ese modo se continúa naturalizando la superioridad de lo masculino en nuestro espacio simbólico y, por tanto, el sistema sigue funcionando como siempre.

Y, como ya he dicho en alguna ocasión, esa naturalización de la desigualdad la convierte en invisible y al ser invisible pasa completamente inadvertida. Y no podemos olvidar que no por invisible es inexistente, puesto que al analizar un poco noticias como la que escuché ayer que, a priori parece inofensiva e incluso nos nombra, en realidad es otra trampa que esconde pura violencia estructural. Nos está lanzando el mensaje claro y contundente de que las estructuras patriarcales y claramente jerárquicas no se tocan. Y eso tal y como sabemos, va empapando nuestros cerebros hasta que en nuestro espacio simbólico no existan dudas.

La segunda noticia es violencia machista de primer orden y también ejercida desde y con el lenguaje. La jueza en cuestión al preguntar a la mujer que había denunciado violencias machistas está, no sólo revictimizando a la propia víctima, sino ejerciendo de nuevo violencia estructural, puesto que lo hace desde el poder que le da la toga de jueza. ¿Cómo es posible tener tan poca sensibilidad con una mujer que ha sido agredida sexualmente y que lo ha denunciado? ¿Acaso esta jueza desde su aparente misoginia no sabe el dolor que está causando cada vez que cuestiona la voz de la víctima o que no la deja acabar en sus exposiciones de lo que le ha ocurrido? Mi amiga Emilia me decía hace poco que es muy grave lo que está ocurriendo en la judicatura con respecto a las mujeres. El día a día le da la razón. Más

Tribuna Feminista

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Alicia Murillo Ruiz

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Femenina y singular: el blog de Mar