Victimismo no, denuncia

            Uno de los argumentos que el patriarcado, en cualquiera de sus formas, utiliza para intentar denigrar al feminismo es insistir en que se trata de un movimiento victimista. Con esta forma de actuar busca no sólo la crítica destructiva, sino también el que a mucha gente que es feminista le aturde o le asuste pasar a definirse como tal.

Una de las características más importante del feminismo es la lucha por la equidad entre personas, más allá de razas, religiones u orientación sexual. Y cuando hablo de equidad no se trata solo de igualdad. Como muy bien es sabido las mujeres de todas las razas, religiones u orientación sexual sufrimos situaciones denigrantes cada día simplemente por haber nacido mujeres. E incluso son otras mujeres quienes nos tratan mal en demasiadas ocasiones debido a su sumisión al patriarcado.

El hecho de que expongamos esas situaciones denigrantes ante la sociedad y reivindiquemos la equidad entre las personas se reviste de victimismos para de ese modo desacreditarnos e intentar silenciarnos.

Cuando no se es consciente de los privilegios de los que se goza, en demasiadas ocasiones no se ven ni perciben las situaciones que esos privilegios generan en el sometimiento hacia otras personas.

Lo define estupendamente bien la escritora, profesora y activista feminista italo-estadounidense Silvia Federicci cuando afirma “Que nuestro bienestar no se debe construir sobre el sufrimiento de otras personas”, y, precisamente eso es lo que se está promoviendo por el férreo pacto entre el capitalismo  y el patriarcado. Construir y gozar de unos privilegios que proporcionan bienestar sobre el sufrimiento de demasiadas personas.

Desde el activismos feminista y social se observa como en cada momento y ante cada situación de ámbito planetario, las mujeres y las niñas son quienes se llevan la peor parte. Siempre y, para muchas personas esto no admite discusión. Sólo aquellos que obtienen beneficios de cualquier clase no son capaces de admitirlo. E incluso lo ven como algo “natural” y, por tanto indiscutible.

Ante la denuncia de esas situaciones salta la alarma y nos intentan acallar llamándonos victimistas, feminazis y otras lindezas. Pero no es más que otra estrategia para mantener privilegios a costa de situaciones de desigualdad y de temor a perder sus privilegios que de forma “natural” creen que les pertenecen.

Y no, no somos victimistas, somos conscientes, muy conscientes de que el bienestar patriarcal a todos los niveles se construye en base al sufrimiento de más de la mitad de la población mundial que somos las mujeres.

El patriarcado sigue construyendo un paradigma que permite naturalizar e incluso legalizar esas situaciones de inequidad y de sufrimiento. Y lo naturaliza de muchas maneras, incluso ganándose la complicidad de muchas mujeres que siguen ciegas a esas inequidades y al sufrimiento de tantas y tantas hermanas en el mundo entero.

Un ejemplo reciente y muy, muy suave es la reacción que se ha tenido por parte de la Real Academia Española de la Lengua cuando se les ha pedido que elaboren un estudio para que la Constitución tenga un lenguaje más inclusivo y que, por tanto, nos incluya de forma clara a las mujeres españolas. Hemos visto desde amenazas de dimisión hasta “peros” de todo tipo.

Y digo que es un ejemplo muy suave si lo comparamos con las estratagemas de todo tipo, sea con formas sutiles e incluso simbólicas o a las claras que se tiene para justificar las tropelías que se siguen cometiendo con las mujeres y las niñas y que pasan desde el asesinato antes de nacer cuando se comprueba que va a nacer una niña, la trata y explotación sexual, los asesinatos de mujeres por serlo, la pobreza sistemática a las que se las somete en algunos lugares del planeta hasta el hecho de utilizar sus cuerpos como campos de batalla. O sus decisiones también como campo de batalla al impedir que las puedan tomar incluso sobre sus propios cuerpos.

Todo lo que he expuesto, está ocurriendo en este mismo momento y en diferentes lugares del mundo. Y nada de ello es natural. Es obra de muchos siglos y doctrinas que lo intentaron naturalizar. Y lo siguen intentando. Pero cuando alzamos la voz y lo denunciamos como situaciones injustas y generadoras de mucho sufrimiento, somos feminazis, manipuladoras, victimistas, y un largo etc. Más

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Modernidades y falacias

Hace algo más de un año y en un artículo llamado “Tradiciones y patriarcado: Otra alianza que perjudica seriamente la igualdad entre mujeres y hombres”, ya comentaba cómo el patriarcado se sirve de muchas herramientas para perpetuarse y cómo las tradiciones son una de esas herramientas.

Cuando se exigen cambios para construir sociedades más igualitarias y más equitativas entre mujeres y hombres, de inmediato aparecen las fauces patriarcales con sus herramientas y mil caras para desmontar los argumentos para esos cambios.

Se apuesta por la modernización y la investigación en las diferentes disciplinas académicas, en las industrias, en las administraciones, en todos los órdenes de la vida para (supuestamente) mejorar la calidad de vida de la ciudadanía. Pero cuando se trata de mejorar la vida de las mujeres y las niñas específicamente, para que estas sean menos desiguales, parece que entra una ceguera colectiva y  se abre la etapa de los “peros”, de los “siempre ha sido así”, “no lo hemos inventado ahora”, “eso conlleva estrechez de miras”, “a los hombres también nos pasa”, “es la puerta a un nuevo puritanismo sexual”, y así un largo etc. y esta semana estoy atenta a dos casos concretos.

Las consecuencias del movimiento mundial #MeToo en contra del acoso sexual que vivimos las mujeres al parecer no han gustado nada a Catherine Deneuve y un grupo más de mujeres francesas que hablan de “odio hacia los hombres y la sexualidad”. También advierten el regreso de una “moral victoriana” oculta bajo “esta fiebre por enviar a los cerdos al matadero”, que no beneficiaría la emancipación de las mujeres, sino que estaría al servicio “de los intereses de los enemigos de la libertad sexual, como los extremistas religiosos”.

A ver, por partes.

La justificación a algunos tipos de abusos que se ejercen contra las mujeres y las niñas de forma cotidiana, es directamente la asunción de la desigualdad entre mujeres y hombres y, por tanto, convertirse en una voz y en una herramienta del patriarcado que precisamente pretende mantener el orden asimétrico en esas relaciones para mantener el orden dominación-sumisión. La libertad sexual lo es realmente cuando dos personas desean por igual mantener cualquier tipo de relación desde una caricia hasta el propio acto sexual en sus múltiples formas y variantes.

Al menos para mí, la libertad sexual no pasa porque un hombre me diga que si no estoy con él soy una estrecha o una puritana. E incluso a una mujer que actuara así, tampoco se lo permitiría. Mi libertad sexual no nace de los deseos de otras personas, nace de mi deseo. No necesito que nadie me dé permiso para ser libre en cualquier ámbito.

El manifiesto de estas mujeres defiende a capa y espada los tradicionales roles femenino y masculino, sin apostar ni un ápice por cambiar nada. Patriarcado en estado puro. De nuevo la tradición pasa por la defensa de las normas marcadas por la parte dominante de esta situación. De nuevo quienes cuestionan este orden son las “marcadas” como diferentes por atreverse a cuestionarlo. Más

No son simples palabras

    Esta semana he estado impartiendo unas clases en determinadas ciudades a personal docente. En dichas sesiones estuvimos viendo algunas cifras que siguen demostrando tozudamente la desigualdad todavía existente entre mujeres y hombres en muchos ámbitos como la política, la educación, los deportes, las artes, etc. Y que, también tozudamente, nos pone frente al espejo a la hora de asimilar que vivimos en una igualdad formal o legal, pero no real.

También hablamos del feminismo y de sus definiciones. Y nos encontramos con la importancia que tienen las palabras y el interesado uso que de ellas hace el patriarcado. Hemos de recordar que un lenguaje no inclusivo y, por tanto sexista, es el mejor brazo que tiene el sistema patriarcal para mantener su estructura opresora sobre más de la mitad de la población que somos las mujeres.

Como no podía ser de otra manera, porque ocurre siempre, aparecieron las reservas por parte de algún docente intentado confundir el término feminismo con el de hembrismo, pero no lo consiguió.

Estuvimos viendo algunas definiciones que del término feminista se han hecho y en las que más hincapié hicimos fueron en las que aparecen en el diccionario de la RAE y que dice textualmente:

1m. Ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres.

  1. m.Movimiento que se apoya en el feminismo.

Después vimos la definición que del mismo término nos da el Diccionario de María Moliner, que expone lo siguiente textualmente:

“Doctrina que considera justa la igualdad de derechos entre mujeres y hombres. Movimiento encaminado a conseguir esta igualdad.”

Si realmente existiera neutralidad en las definiciones y/o en los términos no seríamos capaces de detectar el sexismo en estas dos definiciones. Pero esa neutralidad no existe y por eso vemos la carga de sexismo existente en la definición de diccionario de a RAE, y me explico.

Si partimos de la base de que el patriarcado ha colocado todo lo masculino como neutro y, por tanto ha anulado todo lo femenino, veremos como natural la definición que da la RAE del término, puesto que es normal que el objeto de derechos sea el hombre y por tanto los de las mujeres hemos de aspirar a tener esos mismos derechos.

Sin embargo si consideramos de base que mujeres y hombres han de tener igualdad plena y real nos encontraremos con que esa igualdad ha de extenderse a los derechos ENTRE hombres y mujeres.

Solo es una palabra (“entre”) la que desmonta la sexista definición que expone la RAE y que permite mantener la asimetría de poder y, sobre todo de derechos entre mujeres y hombres en perjuicio de las mujeres, por supuesto. Más

Nuevas formas de violencias machistas

            Lo nuevos tiempos conllevan nuevas tecnologías y con ellas surgen nuevos lenguajes y nuevas formas de violencias machistas.

Como ya he dicho en numerosas ocasiones, los lenguajes no inclusivos (y los son casi todos) son el mejor aliado del patriarcado para mantener su sistema opresor.

Durante la adolescencia, y sin ninguna formación en educación emocional ni afectivo sexual, nuestros jóvenes tienden a confundir el deseo sexual con el amor. Y, como sabemos, no es lo mismo. Y de ese desconocimiento y/o confusión, potenciada por toda la parafernalia de películas Disney y demás, se alimenta la opresiva idea del amor romántico.

Una idea que esencialmente busca la renuncia de las chicas a su propia vida y a sus propias necesidades y deseos en aras a complacer los deseos de su chico. Y eso, además de generar una dependencia emocional que las puede anular, puede resultar incluso peligroso para ellas.

El primer síntoma es la negación de esa renuncia y/o dependencia por parte de ella ante alguna pregunta de las amigas o familiares. Su autoafirmación como igual dentro de la relación tóxica puede llevar implícito un terrible miedo a la pérdida de quien a ha “elegido” para que esté a su lado. Y, en demasiadas ocasiones, para mantenerse al lado de él, que le insiste en que la quiere y que el amor es sexo, se cede a una relaciones quizás no deseadas, pero necesarias para que él no la abandone. Ese es el orden patriarcal. La satisfacción del deseo sexual a través del chantaje emocional del amor romántico.

Y esto puede empeorar si en algún momento ha habido alguna grabación de vídeo o fotos de carácter sexual puesto que se pueden utilizar para aumentar la intensidad de ese chantaje sobre la chica con la amenaza de divulgarlas. Así ella queda más atrapada dentro de esa relación tóxica. Y así, también aumenta el orden poder-sumisión que busca el patriarcado, siempre ávido de un mayor poder y dominio sobre las mujeres.

La violencia machista estructural que ha supuesto el desmantelamiento de los recursos para la sensibilización y prevención de las violencias de género, así como el adoctrinamiento patriarcal que ha supuesto la implantación de la LOMCE, no ha hecho más que dar alas a estos nuevos modos de violencia contra las mujeres. Sin recursos económicos ni educativos adecuados, la prevención de estas violencias desde las aulas se complica bastante. Y si además le sumamos que la negación de que este tipo de violencias se produzca en las aulas por parte de casi toda la comunidad educativa, tendremos nuevos focos de preocupación por la falta de detección.

Nadie dijo que detectar las violencias machistas entre la población joven y no tan joven fuera fácil. Ni mucho menos que la salida a esa situación fuera un camino de rosas. Pero creo que no se está prestando la atención necesaria a estos primeros síntomas que tienden a darse entre nuestras chicas jóvenes en sus primeras relaciones.

Los micro machismos naturalizados en todos los ámbitos de la vida no ayudan en nada e insisto en que sin recursos no se pueden desmontar mitos, creencias, situaciones perversas, etc para evitar nuevas situaciones de violencias machistas en nuestras mujeres jóvenes.

Con esto no quiero decir que todos los chicos jóvenes sean maltratadores potenciales, pero sí que son víctimas potenciales todas las chicas jóvenes, puesto que es en ellas, en las mujeres en general en quien se ceba el patriarcado.

No basta con la voluntariedad de parte del personal docente por detectar e intervenir ante la más mínima sospecha. Las administraciones educativas deben intervenir haciendo prevención desde el minuto cero. Los pactos están muy bien como referentes políticos, pero se han de desarrollar para llevarlos al terrenos de los patios de las escuelas, a las aulas de todo el sistema educativo. No podemos quedarnos solo con las intenciones reflejadas en dicho pacto, porque entonces no avanzamos nada. Más

Feminismo

            Ayer en Huéscar (Granada) un malnacido asesinó a su esposa a hachazos y luego se suicidó. El malnacido podría haber invertido los actos y haberse suicidado primero pero decidió no hacerlo. De ese modo, y a fecha de hoy son ya 60 las mujeres asesinadas por las diversas formas en las que el terrorismo machista se reviste para acabar con nuestras vidas solo por el hecho de ser mujeres.

Esta misma semana y en las fiestas de los sanfermines la Policía Municipal de Pamplona requisó objetos como chapas y camisetas que incitaban a la violencia sexual. La abogada Sara Vicente, en representación de la comisión para la investigación de malos tratos a mujeres, fue quien puso la denuncia que se focaliza en el “alto contenido vejatorio y humillante para las mujeres, así como sexista”. Sin embargo la Fiscalía Superior de Navarra archivó esta denuncia “al no ser los hechos denunciados constitutivos de un delito de odio.” Así nos va a las mujeres también en algunos espacios jurídicos. Y es que los agentes jurídicos tienen tan “naturalizadas” algunas cosas que al no ver delito en esas acciones las refuerzan y alimentan al patriarcado agresivo y nos convierte a las mujeres en objeto de consumo de depravados que seguramente buscarán reforzarse y ser dignos hijos de ese patriarcado feroz.

El alcalde de Pamplona Joseba Asirón manifestó en rueda de prensa que este año en sanfermines se han presentado dos denuncias por agresión sexual frente a las cinco del año pasado y doce por abuso sexual, una menos que el año anterior, lo que según las palabras del alcalde, refleja que Pamplona es una ciudad “razonablemente segura” y, además resaltó que las fiestas de los sanfermines son “de las fiestas más seguras de todo el Estado”. Pues esa seguridad deben sentirla los hombres, puesto que mientras exista una sola agresión u abuso sexual a las mujeres, esa presunta seguridad es talmente un mito para nosotras, como vemos años tras año tanto en los sanfermines como en otras fiestas de pueblos y ciudades.

Este mismo fin de semana Garbiñe Muguruza ganó uno de los grandes torneos de tenis del mundo, el de Wimbledon. Ona Carbonell consiguió la medalla de plata en la final de Solo Técnico en natación sincronizada en los Mundiales de Natación que se están celebrando en Budapest. Y la atleta María Vicente se ha proclamado campeona del mundo juvenil de heptatlón en Nairobi. Tres hitos en el deporte femenino que no han merecido una sola portada en los diarios deportivos que están mucho más preocupados por el Tour de Francia o por el retorno de las estrellas de los equipos de fútbol masculino a sus pretemporadas que en resaltar los éxitos de las mujeres deportistas. Esto tampoco es nada nuevo, sobre todo en un mundo en donde los propios presentadores de algún programa de radio o de TV se llaman entre ellos “machotes”, sin importarles nada quien les pueda estar viendo u escuchando. Esa parte pedagógica que han de tener las personas comunicadoras, en temas de igualdad se volatiliza a la velocidad de la luz. Terrible pero real.

También esta semana se dio a conocer por parte de uno de los grandes sindicatos del Estado, UGT, que las mujeres perciben casi un 23% menos de salarios y 423 euros de pensión menos que los hombres. Desde este sindicato se insta al  Gobierno a cumplir la ley 27/2011 de 1 de agosto, sobre actualización, adecuación y modernización del Sistema de Seguridad Social, que ha venido posponiendo durante 6 años consecutivos en los PGE y adoptar ya la Resolución del Parlamento Europeo, del pasado 23 de junio, para corregir la brecha salarial y en pensiones entre mujeres y hombres. El sindicato recuerda también la necesidad de aprobar una Ley de Igualdad Salarial.

Como también he dicho en múltiples ocasiones, el mantenimiento de esta brecha salarial, indudablemente implica que se mantengan estas desigualdades en las pensiones como demuestran los datos.

Y todos estos hechos han ocurrido en una semana. Y alguna gente todavía se atreve a manifestar que el feminismo no es necesario y, en el mejor de los casos, dirá que está obsoleto.

Se puede hablar de igualdad, incluso de igualitarismo que no suena tan duro o veraz, pero no de feminismo, puesto que este término espanta a la gente. Creo que no entienden que no puede haber igualdad sin feminismo. Más

¿Por qué se teme al feminismo?

tere-gijon            Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua el término feminismo se define como la “Ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres”. Nada escandaloso como vemos. O, ¿acaso sí es escandalosa esta definición por lo que comporta?. Al parecer sí lo es para muchos machirulos e incluso algunas machirulas.

Si nos vamos al artículo 14 de la Constitución nos encontraremos, literalmente, con esta redacción: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social.” Y, a menos que, por la utilización del genérico masculino, se nos excluya a las mujeres españolas de toda la Constitución, dice que somos iguales y sin discriminaciones.

Por tanto, si pasamos por alto el sexismo lingüístico de la expresión “españoles” y entendemos que se ha utilizado para englobar a toda la población española, podríamos afirmar que la Constitución, según el diccionario de la RAE es feminista, puesto que defiende que las mujeres debemos tener los mismos derechos que los hombres sin que prevalezca ninguna discriminación por razón de sexo.

En algunos aspectos se ha avanzado bastante como los casos de las ciudades que se han declarado feministas como Terrassa, sobre la que ya escribí en su momento, y a la que después han seguido Sabadell y Sant Quirze del Vallés. Ciudades que buscan la igualdad de toda su ciudadanía sin distinciones. Sencillamente acatando la Constitución.

Pero cuando se utiliza el término feminista, saltan las alarmas. Y es que el motivo está bien claro. Con una igualdad real se acaban los privilegios. Y el patriarcado, fuertemente arraigado en nuestras sociedades, se alimenta de los privilegios históricamente autoasignados.

El feminismo busca la igualdad de derechos y oportunidades de mujeres y hombres y, por tanto no es, no debe ser únicamente, un tema de mujeres. La reivindicación de la igualdad nos atañe a mujeres y hombres, pero al ser las mujeres las mayores perjudicadas por el patriarcado, somos las que más damos la cara. Pero existen hombres que están a nuestro lado en esta reivindicación de igualdad real que no formal.

El temor de hombres y mujeres al feminismo viene dado por el temor a la pérdida de esos privilegios que se tienen por ocupar espacios tradicionalmente masculinos, por tener que ceder lo que se ha usurpado de forma ilegítima a lo largo de la historia: la igualdad en el derecho al acceso a los recursos de todo tipo, sean estos tangibles o intangibles. Y por recursos me refiero a espacios públicos, privados, riqueza, acceso a la justicia, a la educación, a la salud, a derechos civiles y un larguísimo etc. Pero también y por supuesto a nuestro propio cuerpo de mujeres para decidir libremente si queremos o no queremos ser madres, sin que por ello nos convirtamos en “salas de ejecución” tal y como afirmó un machirulo que anda por la política y que, al parecer tiene las neuronas más sueltas incluso que la lengua, que ya la tiene muy suelta.

Y es que perder privilegios no le gusta nadie y por eso aparece el rebote de toda la caverna cuando surge la exigencia por parte de las feministas de la igualdad. Y es que no pueden evitar llevar en el ADN aquello de las jerarquías masculinas naturalizadas por siglos de discursos patriarcales. Pero no. Señores y señoras de la caverna, la igualdad es un derecho que tenemos reconocido y cada vez que lo niegan, están negando no sólo el derecho constitucional, sino el derecho incluso a la vida.

Y si, digo a la vida y digo bien, puesto que permitiendo la desigualdad para mantener sus privilegios, permiten los asesinatos de mujeres, porque desigualdad y violencias machistas siempre van de la mano. Más

Desigualdades, ¿las sabemos reconocer?

Tere roig            En demasiadas ocasiones se nos acusa a las feministas de “radicales” por pasarnos la vida reivindicando una igualdad real entre mujeres y hombres y no conformarnos con la igualdad formal en la que vivimos.

Denunciamos con datos y con hechos esas desigualdades para hacerlas más visibles. Y no sólo recurrimos a las cifras (teóricamente) objetivas que nos muestran las encuestas y los sesudos estudios que se realizan en los laboratorios de todo tipo. No. No nos hace demasiada falta. Solo con observar las realidades cotidianas y con unos ojos bien abiertos sabemos percibirlas rápidamente.

Es justo en ese momento, en el que una mirada entrenada lo percibe y le pone palabras, cuando saltan las alarmas patriarcales (de mujeres y hombres, todo hay que decirlo) para llamarnos radicales, feminazis y otras lindezas de ese tipo y que ya conocemos. En fin…

Y es que como dice la frase “No hay peor ciego que el que no quiere ver” y ahí están las desigualdades pero si no las sabemos ver, si las mantenemos ocultas a nuestros ojos, nos resultará mucho más fácil seguir según el orden establecido. Un orden por otra parte, absolutamente impuesto por el patriarcado para mantener todos sus privilegios.

Vamos a observar ese orden y desgranar algunas de las “normalidades” cotidianas.

El miedo, esa potente arma que permite la dominación. El miedo, por ejemplo, a caminar solas y de noche es un hecho que todas conocemos porque lo hemos padecido en alguna ocasión. Y ese miedo real es la consecuencia de ocupar el espacio público que simbólicamente pertenece a los hombres. Y el mensaje que se transmite es que no se debe transitar cuando ha oscurecido porque ellos pueden ocuparlo todo, incluso tu cuerpo, por estar en su espacio. Si ya sé que dicho así puede sonar un poco brusco, pero el mensaje simbólico que se transmite es ese. “Este es mi espacio y si lo ocupas, yo puedo ocuparte incluso a ti”. Sin más razón que esa.

Otro ejemplo. Legalmente está establecido que tanto el padre como la madre puedan reducir su jornada laboral para el cuidado de sus criaturas menores o para el cuidado de familiares. Como las tareas de cuidados han sido tradicionalmente un rol de las mujeres, son ellas las que, mayoritariamente, se toman estos permisos con la consiguiente reducción salarial que a su vez afectará a sus futuras pensiones. O, en el peor de los casos, serán ellas las que abandonen sus empleos para el cuidado de personas mayores, menores o dependientes, con la consecuente pérdida de la independencia económica presente y futura. Pero esto sigue siendo “normal” para muchísima gente. Más

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Alicia Murillo Ruiz

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