A por el 2018!!!

            Hoy acaba un año duro. A las noventa y siete mujeres asesinadas por ser mujeres hay que sumarle las siete niñas también asesinadas por sus padres. El balance en términos de vidas de mujeres y niñas es aterrador. Sencillamente escalofriante.

Y esto ha ocurrido justo en el año en donde se ha alcanzado un pírrico Pacto de Estado contra la violencia de género en el ámbito del Estado Español y el Pacto Valenciano contra las Violencias Machistas y de Género. Obviamente no se puede pretender que ambos estén ya funcionando a pleno rendimiento, pero sí que es exigible la voluntad política plasmada en los presupuestos de ambas administraciones de las partidas presupuestarias destinadas a poner en marcha todas las medidas pactadas en ambos documentos.

Soy consciente de que solo han pasado unos meses de la firma de ambos pactos. Pero también lo soy de que para los asesinatos de mujeres no hay tregua, ninguna tregua.

Hace bastantes años me comprometí conmigo misma y vitalmente con este tema. Y lo que siento cada vez que una mujer o una criatura son asesinadas por el patriarcado me resulta muy difícil de explicar. Es una sensación mezcla de rabia, dolor, al tiempo que refuerza mi compromiso para seguir intentando evitarlo. Y sé que no estoy sola en esto.

Del feminismo he aprendido mucho de muchas amigas y maestras de vida. He aprendido la sororidad y sus límites. Aprendí a detectar las múltiples facetas en las que actúa el patriarcado. A mirar con ojos feministas la realidad. A denunciar abiertamente aquellos sectores tan patriarcalizados que no les importa predicar, aún hoy en día y a través de sus libros sagrados, que el ejercicio de las violencias contra las mujeres era una manera de subordinarlas.      También aprendí a plantar cara a los machirulos cotidianos y a ponerles en su sitio. O a acusar a quienes teniendo herramientas jurídicas, políticas y policiales hacen oídos sordos a las voces de las mujeres víctimas, ejerciendo nuevamente de victimarios de ellas.

Pero de mis amigas y maestras de vida aprendí que en estas luchas nunca estamos solas pese a que lo parezca. Que somos muchas y cada vez más hombres se suman al rechazo y condena más absoluta de esta terrible manifestación del patriarcado.

En los últimos años y, a través de las charlas que me invitan a impartir, he podido comprobar cómo las mujeres jóvenes se acercan al feminismo abiertamente y sin miedos ni prejuicios. Mujeres que van a ser el relevo de las que ya tenemos unos años y que pensamos seguir dando la batalla hasta el final. Pero lo que más me alegra es ver como también hombres jóvenes se cuestionan sus propias masculinidades normativas y optan por la revisión de las mismas buscando una mayor equidad y simetría en sus relaciones con las mujeres.

Podríamos hablar de una cierta esperanza en que la fuerza y consistencia del patriarcado asesino está más cuestionado que nunca. Aunque no por eso pierde su poder asesino.

Nos quedan muchísimos temas que pelear y en todos los ámbitos. Temas relacionados con la utilización mercantilista de los cuerpos de mujeres y niñas a través de la trata de mujeres y niñas, de la prostitución, de los vientres de alquiler, de la publicidad, de la falta de investigación para que la salud de las mujeres sea tratada de la misma manera que la de los hombres. Temas relacionados con la brecha salarial y las desigualdades laborales. O los relacionados con la igualdad en el acceso a los espacios de toma de decisiones y de poder político, económico, académico, etc. O también temas relacionados con todo lo que nos queda por hacer para que los grandes medios de comunicación abandonen sus posiciones privilegiadas a la hora de redactar noticias sobre mujeres o del tratamiento que hacen sobre esas mujeres. O la recuperación de la memoria histórica de las mujeres que fueron olvidadas y ninguneadas sin ningún pudor.

Pero sobre todo no podemos olvidarnos de nuestras hermanas de otras partes del mundo a quienes por conflictos armados, por ejemplo, utilizan como arma de guerra en muchos sentidos. Mujeres cuyos cuerpos y vidas son utilizados sin ningún pudor por los mal llamados señores de la guerra no sólo como esclavas sexuales, sino también como elemento de elaboración de estrategias políticas como la natalidad, por ejemplo. O como elementos de humillación del adversario en el conflicto. O incluso como bombas. Más

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Los límites de la sororidad

Esta semana me sucedieron unos hechos que me llevaron a reflexionar sobre la sororidad y alguno de sus límites. En este caso el límite lo puso yo.

Hace una semana me invitaron a participar en una mesa redonda para visibilizar la genealogía feminista comarcal y a falta de acabar de cerrar que otras mujeres iban a conformar la mesa, acepté. Además me comprometí en facilitar los datos de otra compañera a la que admiro y respeto mucho.

Al cabo de unos días llamé a la compañera que me invitó para facilitarle el teléfono prometido y aprovecho para preguntarle si ya habían completado la mesa para saber con quién iba a compartir ese espacio. Me contestó que no pero que estaba pensando en llamar a una mujer de cuyo nombre prefiero no acordarme. Me puse pálida al escuchar dicho nombre puesto que se trata de una señora que durante bastante tiempo me provocó mucho dolor y con quien prefiero no encontrarme. Mi reacción inmediata fue la de decir que con esta señora yo no me iba a sentar en ninguna mesa y, por tanto que eligieran. Al cabo de unas horas y un poco más tranquila, llamé a la organizadora le expliqué por encima mi reacción y, desde la humildad, le pedí disculpas reconociendo que yo no era quien para censurar a nadie ni indicarles a quien podían o no invitar. Y con la misma actitud le indiqué que rechazaba la invitación para participar en aquella mesa.

Este hecho me llevó a reflexionar sobre la sororidad. Está claro que las mujeres nos hemos de apoyar y de reconocer para poder avanzar. Hasta ahí lo tengo muy claro. Pero ¿Qué pasa cuando la sororidad con otra mujer provoca dolor propio? Esa fue la pregunta durante muchas horas.

Como en otras ocasiones he dicho, tengo la fortuna de tener buena maestras de vida. Y a alguna de ellas acudí con este dilema para que me ayudara a dilucidarlo. Afortunadamente llegamos a la misma conclusión: Las mujeres debemos compartir luchas, pero no necesariamente afectos y, cuando llega el dolor y el sufrimiento por la causa que sea debemos de apartarnos de él, sea quien sea quien sea quien lo provoque.

Tengo otra maestra de vida que es de la opinión de que la sororidad, en su sentido intrínseco, no existe. Y que no existe debido al trabajo realizado por el patriarcado con su objetivo de dividirnos entre nosotras. Y estamos divididas formando parte de organizaciones cuya esencia incluso organizativa es patriarcal. Estamos divididas por nuestra construcción como personas que fue patriarcal en su momento ya que se nos educó para ser mujeres sumisas y dependientes y que, a pesar de los procesos de deconstrucción vividos por cada una de nosotras, siempre sigue quedando un poso que no conseguimos arrancar del todo por diversos motivos o incluso por desconocimiento en muchos casos.

Las competencias entre nosotras nunca son saludables. Ni individual ni colectivamente. Eso lo sabemos. Y, pese a saberlo, lo seguimos practicando de forma consciente e inconsciente. Yo lo practiqué inconscientemente cuando a la organizadora la “obligué” a elegir entre la otra señora y yo. Por eso cuando me apercibí de ese hecho, la llamé y asumí el dolor que me provocaba esta señora y rechacé la invitación. Puse límites a mi sororidad, puesto que en este caso el consecuente dolor por participar iba a ser mucho mayor que el placer de ser sórica. Así de sencillo. Y, también así de duro de asumir. Más

Tribuna Feminista

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Alicia Murillo Ruiz

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