Micromachismos

         En estos momentos estoy impartiendo un curso sobre micromachismos para un grupo de personas adultas, todas ellas docentes. Son grupos mayoritariamente de mujeres en los que, también, aparecen algunos hombres, pero muy pocos. Dos o tres por cada grupo de cuarenta personas.

         A lo largo del curso hay varios ejercicios en los que el alumnado ha de ir evolucionando en el curso. El primero de ellos se trata de una biografía de género en la que cada participante ha de buscar en su memoria cuando se dio cuenta en su propia vida que los mandatos de género son diferentes para mujeres y para hombres. En este ejercicio me llama la atención que siempre hay alguien que se asombre de no haber pensado nunca en este aspecto de su vida, de no haberse parado nunca a pensar cuando se dio cuenta que per ser mujer se le pedían ciertas cosas desde la sociedad y por ser hombre otras. Es un ejercicio que llevo realizando muchos años y siempre ocurre lo mismo. La gente nos asombramos cuando se nos pide una revisión de nuestras vidas sobre algo en concreto.

         Después hay otro ejercicio en el que se pide, después de haber estudiado la materia, que definan dos micromachismos vividos en primera persona o en personas muy cercanas. Y aquí viene el drama. Las alumnas detectan rápidamente los micromachismos vividos en primera persona o en personas cercanas. Lo hacen sabiendo que esos “malestares” vividos ya tienen nombre y, en general, se alegran de poderlos identificar con toda su crudeza y su parte de invisibilidad o normalidad con las que se siguen viviendo.

         Pero en los alumnos es harina de otro costal. Lo primero que suelen hacer es darle la vuelta a todo. En primer lugar, achacar a sus compañeras de centro que las machistas sean ellas porque reproducen esquemas machistas aprendidos, como los han aprendido ellos, puesto que vivimos en la misma sociedad. Y, en segundo lugar, desligarse del término y de ese tipo de actitudes. El patrón se repite. La negación y el sentirse cuestionados en lugar de abrir los ojos y aprender para poderlo llevar a las aulas. El hecho de llevárselo a lo personal y sentirse cuestionados como si el temario fuera directamente a cuestionar “sus” actitudes, dificulta, y mucho, que el aprendizaje sea amplio y positivo para mejorar las situaciones de este tipo que se pueden dar en los centros educativos.

         Estoy hablando de este tema porque, pese a no trabajar en ningún centro educativo en estos momentos, si que lo hice hace unos años, concretamente en uno de secundaria y bachillerato y observé las actitudes a medida que iban pasando los cursos de ellos y de ellas. Y he de decir que no me gustó nada lo que vi.

         Si las directivas de los centros educativos no se esfuerzan por eliminar estereotipos machistas de los curriculums de los centros, estos se repiten inevitablemente. Si no se realiza un buen plan de igualdad en los centros, revisado periódicamente y evaluado al finalizar los cursos para mejorar de cara a próximos cursos. Si no se imparte de una vez, una correcta educación afectivo sexual a nuestra gente joven y a nuestras criaturas, se repetirán patrones de micro y macro machismos que aumentarán el grado de normalización de esos machismos encubiertos y no tan encubiertos que sufren nuestras niñas y nuestras mujeres jóvenes.

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Los micromachismos no reconocidos

         Según la definición que le dio Luis Bonino en 1990, los micromachismos son grosso modo, prácticas de dominio y violencia hacia las mujeres que suceden en la vida cotidiana. Con el prefijo “micro” hace alusión a lo que es casi imperceptible, lo que se encuentra en el límite de la evidencia, pero sin llegar a serlo.

         Son, como indicó Bonino, violencias hacia las mujeres, aunque, como lo son de baja intensidad, pasan bastante desapercibidas y, cuando lo indicas a algún hombre lo que está haciendo, reaccionan bastante mal e incluso te tachan de radical y extremista, de querer criminalizarlos, etc.

         Pero ocurren cada día y en todo tipo de relaciones, no solo en las de pareja. Sin ir más lejos, toda la polémica generada por unas desafortunadas declaraciones del Dr. Fernando Simón hacia las enfermeras, no es ni más ni menos que eso, una forma de micromachismo. Afortunadamente el Dr. Simón así lo entendió y rápidamente se disculpó ante el colectivo. Además, reconoció lo mucho que le queda por eliminar esos posos que todavía impregnan su personalidad y se comprometió en seguir trabajando para eliminarlos.

Este es un ejemplo de un señor conocido que se ha atrevido a pedir disculpas públicamente sin que le duelan prendas. Pero en absoluto es lo habitual.

Sin ir más lejos, esta semana quedé a tomar café con un conocido que conoce bastante bien mi trayectoria feminista y con quien ya tuve un pequeño rifirrafe hace un tiempo precisamente por negar esos micromachismos en otro ámbito. Este hombre, que parece que estuviera esperando a que yo hablara para cortarme y hablar incluso más alto, demostró no solo una gran falta de respeto hacia mi como persona, sino también cuán profundas son sus raíces machistas y cómo de arraigadas se encuentran. El día que con más calma hable con él se lo voy a indicar y sé que se va a molestar profundamente, pero he de hacerlo para que intente no hacer lo mismo con otras mujeres.

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Dolores del alma

A veces duelen más que una paliza, pero lo que es peor, se quedan para siempre. Son dolores sordos, inesperados y, en demasiadas ocasiones incompatibles con la esperanza.
Afortunadamente ella, la Esperanza, siempre vuelve, con su voz modulada y cálida, con su sonrisa llena de paz y sus susurros llenos de vitalidad para recordarnos que algunos cabrones han de salir de nuestras vidas rápidamente.
Esta semana que ha pasado se ha cobrado la vida de dos mujeres. Mientras no seamos capaces de condenar cualquier tipo de violencia, sus muertes caerán sobe nuestras conciencias. Porqué sabemos que puede ocurrir en cualquier momento. Porqué desde nuestra posición progresista seguimos permitiendo actitudes violentas hacia nuestras propias vidas. Porqué en demasiadas ocasiones y en nombre de un amor mal entendido, no sabemos decir BASTA y cuando lo hacemos es a costa de nuestra propia piel. Porqué confundimos ser progresistas con el hecho de denunciar el dolor y el maltrato de otras pero nunca analizamos el nuestro. Porque……, porqué….., porqué…..
Las muertes de estas mujeres nos traen a primera línea de reflexión nuestra capacidad de resistencia a pequeñas agresiones cotidianas con nuestras parejas, amigos, compañeros etc…o lo que es lo mismo, nuestra capacidad emocional de reconocer los llamados MICROMACHISMOS.
Y nuestra capacidad es, en demasiadas ocasiones, ilimitada, sobretodo cuando hay lazos afectivos y emocionales de por medio.
Pero aparte de los emocionales, estos fenómenos aparecen por todos lados. Parecen setas en plena temporada. Así, nos encontramos con primeros ministros que pueden ser inductores de corrupción de menores, locutores en cadenas de televisión que tienen discursos claramente misóginos y, por tanto dañinos para el conjunto de las mujeres, amigos que son insensibles al dolor que provocan cada vez que se refieren a relaciones anteriores con desdén o con claras intenciones de machacar su recuerdo e, incluso reivindicando su parte “femenina” para empatizar sobre un determinado tema, olvidándose al segundo siguiente que cada vez que intentan machacar a otra mujer lo están haciendo contigo también.
Ellas, cada una de las mujeres muertas, deja sobre nuestras propias conciencias la necesidad imperiosa de desenmascarar a los maltratadores cualquiera que sea su ámbito. Pueden ser nuestros amigos o nuestros compañeros de oficina. También pueden ser nuestros vecinos o nuestros amantes, pero en cualquier caso hemos de pararles los pies.
Porqué somos las herederas de sus heridas en el alma. Porqué somos (o al menos hemos de ser) las precursoras de un mundo sin violencias contra las mujeres. Porqué nuestras hijas, sobrinas, amigas o hijas de nuestras amigas o, cualquier mujer del mundo merece vivir en libertad y sin ese dolor en el alma que se produce caca vez que nos enteramos que otra mujer ha sido asesinada, o que una amiga ha sido maltratada psicológicamente por quien consideraba su amigo o su expareja, sencillamente porqué intenta rehacer su vida como puede.
Estoy dolida y muy enfadada porque no consigo encontrar la lógica de tanto dolor innecesario. Hay indicios de que incluso la esperanza en demasiadas ocasiones es maltratada por ideas preconcebidas y estúpidas de quienes intentan amordazarla y dejarla sin su cálida voz susurrante.
Estoy enfadada con tanta hipocresía social que mientras demanda modificaciones en la actual legislación contra la violencia de género, son capaces de ejercerla en su propia vida sin despeinarse.
La violencia de género no sólo consiste en dar bofetadas o matar. También se ejerce cuando se merma la autoestima, se limitan directa o indirectamente derechos, o reproducen amenazas directas o indirectas sobre la posible descendencia que hayan podido tener.
Creo que todas las mujeres tenemos el derecho a seguir escuchando la cálida, suave y modulada voz de la Esperanza para salir de estos infiernos particulares de los cuales no siempre somos conscientes.
Si alguien intenta callar su voz, tendrá que vérselas conmigo. Y quien avisa, no traiciona.
Ben cordialment,
Teresa

Alicia Murillo Ruiz

Alicia Murillo Ruiz