No podemos olvidar

         Recuerdo que hace veinte años ya compré el libro que Juan José Millás escribió sobre Nevenka Fernández. Libro cuyo nombre no recuerdo, lo siento. Me impactó la tolerancia social con los actos de acoso sexual de gente que se creía intocable y que gracias a la denuncia de Nevenka que, recordemos, se tuvo que exiliar, alguna cosa hemos avanzado.

         Debo ser una rara avis por no tener Netflix y, por tanto, no haber podido ver la tan nombrada serie sobre el tema, visto con veinte años de diferencia.

         Nevenka fue un punto de partida en la denuncia de las violencias ocultas que padecemos las mujeres.

No recuerdo si fue antes o después llegó el caso de Ana Orantes, asesinada por su marido, recordemos que fue condenada judicialmente a vivir con su agresor quien la acabó asesinando días después de que contara en una televisión su caso.

Un caso quizás menos conocido, pero igual de doloroso fue el asesinato, disfrazado de incendio de una exconcejala de Esquerra Unida, Dolores Moya González, a manos de su marido, también concejal de esa misma formación que después se ahorcó en la enfermería de la prisión de Picassent (Valencia).

Ahora, está en boca de todo el mundo el hecho de que Rocío Carrasco Mohedano, hija de Pedro Carrasco y Roció Jurado, haya decidido contar su verdad sobre la relación con el padre de sus hijos, el exguardia civil apartado del cuerpo por quedarse con dinero de sanciones y que, según las palabras de ella misma, la amenazó con hacerle la vida imposible.

Todo el mundo la ha culpado en algún momento de ser mala madre porque siempre ha mantenido silencio sobre ese tema mientras el padre iba de plató en plató contando lo que le apetecía y ganado dinero a su costa. Ella mantuvo silencio todos estos años.

El poco o nulo apoyo recibido por su familia y su silencio extremo han facilitado todo tipo de especulaciones. Sólo su pareja, ahora su marido, y sus amistades más allegadas, al parecer conocían la verdad del infierno que vivía esta mujer conocida.

Desde el año 2003 son más de mil mujeres asesinada a manos de sus parejas o exparejas. Son cientos de miles las que viven en un estado de terror permanente aprisionadas dentro de sus hogares donde, en principio deberían ser espacios seguros. Porque se sigue negando la evidencia de las violencias machistas.

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A las puertas de un nuevo ocho de marzo

        

        El ocho de marzo, de nuevo llama a la puerta. En un año difícil y muy complicado por la situación pandémica no habrá manifestaciones multitudinarias como en los últimos años, ni huelga feminista, ni actos que impliquen contacto estrecho. Pero eso no significa que no haya motivos para la reivindicación en el Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras, porque todas trabajamos, aunque no tengamos un salario.

         Algunas pinceladas. La brecha salarial sigue siendo de más del veinte por cien entre hombres y mujeres por el mismo trabajo. Y ello, pese a la implantación de planes de igualdad en las empresas. Los contratos a tiempo parcial se siguen haciendo mayoritariamente a las mujeres, lo cual las empobrece en la actualidad y también en el futuro ya que cobrarán pensiones más bajas.

         Los llamados “suelos pegajosos” y “techos de cristal” siguen instalados en las empresas y son las mujeres quienes los sufrimos. El suelo pegajoso, no nos permite avanzar en nuestras carreras profesionales debido a las dobles o incluso triples jornadas. Y, el techo de cristal son las barreras invisibles que impiden a las mujeres progresar al mismo ritmo que los hombres en sus profesiones y, además, llegado un punto dejan de progresar, mientras ellos lo siguen haciendo sin parar.

         Y si nos adentramos en la realidad de las mujeres con diversidad funcional, el grado de superación que estas han de demostrar, está muy por encima de lo que hemos de demostrar quienes no la padecemos. Ellas, junto con las mujeres mayores, padecen unos niveles de violencias machistas superiores a la media. Y esa media hay que decir que es alta.

         Porque las violencias machistas, no son solo los golpes. Esos son la penúltima manifestación de la peor de las violencias. En estas mujeres, además, se ceban con los insultos, las violencias económicas al apropiarse indebidamente de sus pensiones, el abandono emocional e incluso físico, etc.

         El patriarcado ha construido su imperio gracias al miedo y ese miedo sigue latente en las relaciones de hoy en día. El miedo al dolor, a ser violentada sexualmente, al desprecio, a nos ser aceptada por actuar de diferente manera a lo que se espera de ti, y así un largo etc. Uno de sus mayores aliados son los credos religiosos que siempre imponen la obediencia de las mujeres a los hombres y que justifican las violencias contra ellas, incluso siendo sumisas.

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Los micromachismos no reconocidos

         Según la definición que le dio Luis Bonino en 1990, los micromachismos son grosso modo, prácticas de dominio y violencia hacia las mujeres que suceden en la vida cotidiana. Con el prefijo “micro” hace alusión a lo que es casi imperceptible, lo que se encuentra en el límite de la evidencia, pero sin llegar a serlo.

         Son, como indicó Bonino, violencias hacia las mujeres, aunque, como lo son de baja intensidad, pasan bastante desapercibidas y, cuando lo indicas a algún hombre lo que está haciendo, reaccionan bastante mal e incluso te tachan de radical y extremista, de querer criminalizarlos, etc.

         Pero ocurren cada día y en todo tipo de relaciones, no solo en las de pareja. Sin ir más lejos, toda la polémica generada por unas desafortunadas declaraciones del Dr. Fernando Simón hacia las enfermeras, no es ni más ni menos que eso, una forma de micromachismo. Afortunadamente el Dr. Simón así lo entendió y rápidamente se disculpó ante el colectivo. Además, reconoció lo mucho que le queda por eliminar esos posos que todavía impregnan su personalidad y se comprometió en seguir trabajando para eliminarlos.

Este es un ejemplo de un señor conocido que se ha atrevido a pedir disculpas públicamente sin que le duelan prendas. Pero en absoluto es lo habitual.

Sin ir más lejos, esta semana quedé a tomar café con un conocido que conoce bastante bien mi trayectoria feminista y con quien ya tuve un pequeño rifirrafe hace un tiempo precisamente por negar esos micromachismos en otro ámbito. Este hombre, que parece que estuviera esperando a que yo hablara para cortarme y hablar incluso más alto, demostró no solo una gran falta de respeto hacia mi como persona, sino también cuán profundas son sus raíces machistas y cómo de arraigadas se encuentran. El día que con más calma hable con él se lo voy a indicar y sé que se va a molestar profundamente, pero he de hacerlo para que intente no hacer lo mismo con otras mujeres.

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Alicia Murillo Ruiz

Alicia Murillo Ruiz