«Solo sí es sí»?

         Estamos en plena eclosión de los primeros y malos resultados de la llamada “ley de solo sí es sí”.

         No soy jurista y, por tanto, esa parte la voy a obviar, pero lo que no voy a hacer es no comentar los resultados. Aunque sea un poco prematuro.

         El movimiento feminista lleva muchos, muchos años denunciando que las violencias machistas no sólo asesinan físicamente a las mujeres y a las criaturas.

El próximo viernes conmemoramos un año más el Día Internacional contra las violencias contra las Mujeres. Y, según el portal Feminicidio.net, por violencias machistas de toda clase y, en lo que llevamos de año, han sido asesinadas 38 mujeres, según cifras oficiales; 2  mujeres no contabilizadas oficialmente; 20 asesinatos de mujeres a manos de familiares; 2 feminicidios infantiles; 7 feminicidios no íntimos; 3 asesinatos de mujeres por robos; 1 mujer asesinada por narcotráfico; 2 feminicidios sin datos suficientes y 1 menor asesinado en el marco de la violencia machista, lo que nos da un total de 76 asesinatos y feminicidios hasta el día seis de noviembre de este año.

         76 vidas humanas perdidas por culpa de un sistema opresor que mata, mutila, viola y agrede a mujeres y criaturas para poder seguir manteniendo sus privilegios.

         Recordemos que la más violenta, silenciosa y criminal de las violencias machistas, es la violencia estructural que, no solo atraviesa de forma transversal todas las estructuras de poder, sean estas económicas, políticas, judiciales, etc. También permite la reproducción de los estereotipos opresores a través de la socialización diferenciada que nos deja una marca indeleble de por vida tanto a hombres como a mujeres.

Y, como decía, la violencia estructural, también afecta a los poderes del Estado y los recorre pese a lo avanzado en los últimos años. De esa manera tanto a la hora de legislar como a la hora de aplicar esa legislación aprobada en el Parlamento, la mirada patriarcal implícita en la violencia estructural, vuelve a ejercer su poder sobre las mujeres. Y eso ocurre siempre que no se tenga la formación adecuada e, incluso teniéndola, a veces ocurre.

Tampoco podemos olvidar que ya son casi mil doscientas las mujeres asesinadas por violencias machistas las contabilizadas desde el año 2003, y, por tanto, solo así entenderemos la magnitud que este fenómeno tiene sobre la vida de las mujeres. Y, por tanto, lo que implica la correcta legislación de las normas y de la aplicación de las mismas leyes por parte de los agentes jurídicos implicados.

De lo contrario, volvemos a revictimizar a las víctimas una y otra vez, desde las propias instituciones que, teóricamente las deberías de proteger.

Quiero pensar que, con la aprobación de la Ley del “solo sí es si” se buscaba aumentar el grado de protección de las víctimas de violencias sexuales, pero, al menos hasta ahora, lo que se está consiguiendo, de nuevo, es proteger a los victimarios y revictimizar a las mujeres agredidas. De nuevo el patriarcado con todas sus armas buscando justificar a los agresores culpabilizando las mujeres de sus propias agresiones y sus consecuencias.

En feminismo no nos podemos permitir tener cortoplacismos. Hay que pensar a corto plazo, de acuerdo, pero sobre todo a medio y largo plazo. Y esto en política se ha de tener muy claro, puesto que de lo contrario nos podemos encontrar con que los plazos, medidos en tiempos electorales, se acaben volviendo en contra de las propias mujeres como ahora mismo estamos comprobando con la entrada en vigor de la ley antes mencionada.

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Por sus…narices!

         Como feminista radical (la que va a la raíz de las cosas) asisto – y escribo- sobre todo el proceso para la aprobación de la llamada Ley Trans.

         Me alucinan muchas cosas de este proceso como por ejemplo la falta de rigor democrático de quienes la proponen y que, al menos en teoría, deberían velar por el avance y consolidación de los derechos de las mujeres.

         Se ha perdido toda una legislatura sin apenas avanzar en derechos, porque salvo la ley llamada “Solo sí es sí” y con salvedades, no se ha desarrollado el Pacto de Estado contra las Violencia de Estado, cuyo impulso y compromiso era una cuestión de coherencia política. Y mientras a las mujeres nos siguen asesinando por ser mujeres. Y a las criaturas para, sobre todo, hacer daño a las madres.

         Todos los esfuerzos han estado dedicados a lograr derechos civiles para un porcentaje ínfimo de la población. Y siempre he dicho que todo lo que conlleve aumentar derechos civiles del conjunto de la población me parecerá siempre estupendo y plausible.

         Pero en este caso, el aumento de derechos para esa parte ínfima de la población que pretende convertir sus deseos en ley tiene una pega. Solo una, pero importantísima: Que esos derechos cercenan y de forma importante, los derechos de algo más de la mitad de la población que somos las mujeres.

         La cancelación en redes sociales, la cancelación de presentación de libros o de conferencias de grandes voces del feminismo, la propuesta de eliminar del Consejo de Estado de una de las principales voces feministas del Estado, así como la invención de una neolengua que pretende borrar la palabra MUJER de su particular diccionario, así como la violencia desatada contra las feministas en algunas concentraciones y/o manifestaciones da una idea de la virulencia de esos postulados, uno de cuyos gritos es “Kill de Terfs” o muerte a las Terfs que es la nueva forma de llamarnos al as feministas radicales. Antes nos llamaban feminazis, pero como he dicho antes, están inventando una neolengua posmoderna chupiguay y brilli brilli que todo lo quiere inundar.

         Es una verdadera pena y una estafa que quienes se decían desde la supuesta izquierda que venían a renovar la política y las instituciones hayan derivado en esto. En una nueva forma de sectarismo que pretende aprobar por urgencia una ley que puede cambiar a peor la vida de algo más de la mitad de la población y que además pretende borrar del diccionario la palabra MUJER, al querer negar el sexo biológico con el que nacemos hombres y mujeres y que es la fuente de la opresión histórica que sufrimos las mujeres.

         Y, nada más y nada menos que por sus…narices, pretenden sustituirlo por el “género sentido”. Ahí es nada.

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#StopDelirioTrans

Estamos asistiendo en las últimas semanas a una ofensiva, más violenta si cabe, del patriarcado más rancio, aunque reconvertido en chupiguay y con mucho brilli-brilli. Y lo que es peor, o yo lo vivo peor, de la mano de quienes venían a cambiar la política desde el movimiento 15M.

         Recuerdo con cierta tristeza la ilusión que mi amiga Fran, que en aquel momento vivía en Madrid, me transmitía del movimiento de cambio. Fran, es un poco mayor de edad que yo, pero vivió el 15M con una emoción intensa, como una verdadera oportunidad de renovación con sus círculos de diálogo, con su contacto permanente con los movimientos de la ciudadanía, con la juventud y su preparación, en fin…

         En ese sentido, siempre fui bastante más escéptica, puesto que nunca advertí en este movimiento con claridad los dos sesgos que son motores de mi vida: El de la igualdad entre mujeres y hombres y el de la lucha de clases, y eso siempre me mantuvo alerta.

         El tiempo, desgraciadamente, me ha dado la razón, sobre todo en el tema de igualdad entre mujeres y hombres. Porque los posmodernos que salieron de aquel movimiento ciudadano, y que hoy se sientan en el consejo de ministros y ministras, se han convertido en rehenes del patriarcado más hostil y sofisticado en manos del gran capital.

         Las mujeres, si no lo impide el movimiento feminista radical (quiero insistir en que radical viene de raíz), vamos de nuevo a ser las grandes perdedoras de esta especie de revuelta del “gaycapitalismo”, como lo denominaba Shangai Lily, que son quienes están gobernándo la agenda del Ministerio de Igualdad en manos, sorpresas de la vida, de una de aquellas mujeres salidas del movimiento que entonces iba a cambiarlo todo en política. Y seguramente lo va a cambiar, pero para peor, al menos para las mujeres y las criaturas.

         Son la misma gente que quiere regular los vientres de alquiler o la prostitución para mantener, de la mano del capitalismo, las garras del patriarcado más feroz sobre los cuerpos de las mujeres y la infancia y, así, poderlos seguir utilizando para satisfacer sus apetitos, sean estos del tipo que sean. El objetivo final sigue siendo el mismo: la supremacía de los deseos de los hombres convertidos en leyes, aunque sea a pesar del dolor y el sufrimiento de más de la mitad de la población.

         Lo revisten de colores pastel, de simbología novedosa, de mucha purpurina y de brilli-brilli, de una neo lengua que pone la diversidad como algo progresista en el centro de todo, pero a poco que rascas te das cuenta de que las mujeres y la infancia les importamos menos que un rábano. Lo único que les importa es que sus apetencias, disimulando de mil maneras su fondo de soberbia y su forma de violencia, sean convertidas en leyes.

         La lesbofobia campa a sus anchan entre esta nueva doctrina que pretende que el “género fluido” lo inunde todo, olvidando que es el sexo físico con el que nacemos el origen de privilegios y opresiones. Privilegios de los hombres y opresiones de las mujeres.

         El resto, son inventos de una pseudociencia que pretende imponer por vía de urgencia en el Parlamento, sin escuchar a gente experta, una decisión sin ningún tipo de fundamento ni científico ni ético. Es más, usurpando al Parlamento parte de sus funciones por una urgencia inventada y financiada por grandes empresas multinacionales farmacéuticas y clínicas privadas, ocultando que con estas leyes van a conseguir centenares de miles de pacientes cautivos y crónicos de por vida.

         El resto es humillar y silenciar a gente que quiere exponer su opinión contraria a estos postulados en todas partes e incluso con agresiones físicas y cancelaciones en redes sociales.

         El resto es la imposición de un pensamiento único, dogmático y vigilante con quien no opine como ellas y ellos y acaben siendo víctimas de un sistema como el que George Orwell ya definía en su distópico libro “1984” escrito en el año 1949, recién acabada la Segunda Guerra Mundial.

         El resto es linchar a grandes filósofas, políticas, pensadoras y feministas por no compartir este delirio, nos da una idea de lo que se está cociendo y de quienes están detrás.

         El resto es oprimir todavía más a más de la mitad de la población que somos las mujeres. Cosa que ni es progresista, ni es de izquierdas, por muy diverso y plural que se quiera disfrazar. Es, directamente, patriarcado capitalista de la mano del posmodernismo chupiguay y con mucho brilli-brilli. Que no nos engañen.

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La mayor revolución silenciosa

         Aunque no lo parezca el feminismo no ha matado a nadie en sus casi tres siglos de existencia, o más. Mary Astell (1666-1731) ya dijo aquello de:” Si todos los hombres nacen libres, ¿Cómo es que todas las mujeres nacen esclavas?”. Como vemos, han pasado años, bastantes.

         Después han seguido llegando las diferentes olas feministas y, salvo alguna de las propias activistas por el voto en Gran Bretaña en la época de las sufragistas, como fue el terrible caso de Emily Wilding Davison que fue arrollada por el caballo del rey Jorge V en el Derby de Epsom el 4 de junio de 1913 y falleció a causa de este suceso cuatro días después, ninguna feminista ha asesinado a ningún hombre por ser machista o sano hijo del patriarcado.

         Hecho este pequeño apunte histórico, quiero referirme a los horrorosos hechos acaecidos el pasado dos de octubre en el Colegio Mayor Elías Ahuja de Madrid con sus gritos profundamente machistas y misóginos contra sus compañeras del Colegio Mayor Santa Mónica.

         Los estudiantes del colegio masculino Elías Ahuja se comportaron como buenos hijos del patriarcado, excusando tanto ellos como las estudiantes del colegio femenino Santa Mónica, esos gritos violentos y machistas, como parte de las tradiciones de los dos colegios mayores.

         Me he permitido el lujo de mirar los precios de las habitaciones de ambos colegios mayores y solo aparecen en el masculino. Y el precio con IVA de una habitación ronda los dos mil euros mensuales, exactamente mil novecientos noventa euros. Un precio que obviamente solo pueden pagar una élite económica que, a su vez forma parte de un grupo social favorecido económicamente bien por estirpe o bien por negocios que no siempre pueden ser tachados de lícitos.

En cualquier caso, esa élite, tanto los estudiantes como las estudiantes, forman parte de un grupo social que goza de unos privilegios que no todo el mundo pude tener. Y, por tanto, los van a defender. Y dentro de esos privilegios están esas “tradiciones” profundamente machistas y misóginas por parte de ambos sexos.

Si, porque si los estudiantes gritaron obscenidades contra las estudiantes, estas, también de clase acomodada, cuando vieron el revuelo mediático que se armó no dudaron en sacar un comunicado, “aceptando” las disculpas que se vieron obligados a pedir los estudiantes, pero, al tiempo justificando las agresiones verbales dentro de las “tradiciones” de ambos colegios mayores.

Y volvemos a las tradiciones, como si estas no pudieran evolucionar con los tiempos e incorporar nuevos modelos sociales de respeto e igualdad entre los sexos sin buscar la ofensa verbal i las amenazas de violaciones vertidas a voz en grito.

Al final vemos que, por muchas disculpas que se pidan y que sean aceptadas, esta gente de élites vive en sus mundos en los que la evolución hacia modelos más igualitarios y menos asimétricos son algo que, al parecer no les atañe y que, por tanto, no va con ellos ni ellas.

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De vuelta y con ganas

         Pues sí, se acabó el tiempo de descanso y ya estoy de nuevo aquí. Ese tiempo de descanso se acabó, pero los problemas de las mujeres del mundo siguen, en el mejor de los casos, igual que estaban a finales de julio. Y, en algunos casos incluso se ha empeorado.

         En el Estado Español, la “avería” que ha generado el Ministerio de Igualdad con la tramitación por la vía de urgencia de la llamada Ley Trans que impide la audiencia de personas expertas en la materia y sus consecuencias es, directamente, un atentado contra los derechos de la mitad de la población que somos las mujeres, a quienes se nos pretende borrar incluso el nombre.

         Con el neolenguaje inventado por una camarilla al servicio de grandes grupos de presión farmacéuticos i de clínicas privadas, se pretende desdibujar, cuando no directamente eliminar la palabra “mujer” como realidad material explícita.

         El personal sanitario redactó un manifiesto al que pidieron que no sumáramos todas las personas que no estuviéramos de acuerdo con la aprobación de dicha ley y así lo hicimos mucha gente. Gente que está siendo ninguneada por el Ministerio que, presuntamente, debería velar por los derechos de las mujeres.

         Cuando un grupo minoritario de personas, un colectivo relativamente pequeño pretende imponer que sus deseos sean convertidos en Ley, pasándose por el arco del triunfo los derechos de más de la mitad de la población que somos las mujeres, algo no se está haciendo bien.

         Y eso genera indefensión a muchos colectivos y, sobre todo, pone en peligro grave a las mujeres que sí perdemos derechos. Y eso sin contar con la misoginia y lesbofobia que está generando, puesto que cuando una mujer lesbiana no quiera tener relaciones con un hombre autodefinido como mujer, puede ser tachada de tránsfoba con las consecuencias de linchamiento público y privado que ello conlleva.

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¿En qué se ha convertido la manifestación del Día del Orgullo?

         Hace muchos años leí un artículo de Shangay Lily una expresión que me llamó poderosamente la atención. Comenzaba a hablar del “gaycapitalismo” y de lo que se estaba comenzando a hacer con todo lo relacionado con las conmemoraciones del “orgullo”.

         Ahora no hacen falta explicaciones. Lo vemos año a año. Y, en el colmo de los colmos, hoy me encuentro con que la retransmisión que hizo ayer TVE de la manifestación enfocaba una y otra vez a un grupo de hombres mayoritariamente que han comprado a sus criaturas a través de vientres de alquiler de mujeres, seguramente pobres, que lo hacen para mejorar su situación con todos los riesgos que ello significa. Y solo para satisfacer los deseos de esos hombres que representan perfectamente lo que es el “gaycapitalismo”.

         Otra cosa que me llama la atención poderosamente en estos actos es la presencia mayoritaria de banderolas que representan el movimiento transgenerista tan aplaudido por la mayor parte del colectivo. Gente que representa una misoginia brutal hacia las mujeres en general y hacia las lesbianas en particular enarbolando y formando parte de un movimiento que debería ser reivindicativo. No lo entiendo.

         Miento, si lo entiendo. Y lo entiendo perfectamente. Porque de nuevo el patriarcado juega sus bazas e intenta arrasar con cualquier cosa que suponga un peligro para su supervivencia.

         De ese modo y de nuevo, han convertido un acto que debería ser reivindicativo, en algo disparatado e incluso vergonzoso para las personas que pensamos que se puede amar en libertad y a quien se quiera amar, mas allá de su sexo.

Y recordamos que ser homosexual todavía está penado con la muerte en demasiados países del mundo. O que observamos con terror como las lesbianas son tachadas de transfobas por no querer tener relaciones con hombres que se sienten mujeres. O cómo la ministra de igualdad abandona el feminismo para hacerle el juego a ese gaycapitalismo que ella se empeña en reforzar con su propuesta de ley trans.

         Malos tiempos para las reivindicaciones reales del colectivo, sobre todo de las mujeres lesbianas que, una vez más, han sido aparcadas por el patriarcado en su nueva versión posmoderna y chupiguay.  

         Como feminista radical (de raíz) soy una firme partidaria de que cada cual ame a quien quiera y como quiera y que los derechos civiles sean los mismos para todas las personas independientemente de su orientación sexual. En lo que ya no estoy tan de acuerdo es que los deseos de algunos supongan la opresión de las mujeres lesbianas, por ejemplo. O la practica expulsión del colectivo gaycapitalista.

         Conmemorar los disturbios de Stonewall de 1969 se ha convertido poco menos que en un carnaval y ha dejado de tener nada de reivindicativo. Las personas realmente comprometidas han sido prácticamente expulsadas de ese carnaval de disfraces, colores, música y premios a quien sea más veloz corriendo con tacones. O a folklóricas caracterizadas por su machismo y su sentido rancio de la vida.

         Entiendo perfectamente a algunas amigas lesbianas y algunos amigos gays que han decidido alejarse de ese festival de luz y de color y totalmente vacuo reivindicativamente hablando porque ya no les representa.

         Porque reivindicar la compra de bebés para satisfacer deseos, como que no es muy serio que digamos.

Y si, todo el mundo tiene derecho a amar en libertad y a quien quiera, pero también hemos de recordar que la homofobia sigue presente en nuestro día a día y que las agresiones homófobas han aumentado significativamente. Y este tipo de temas no se combaten con carnavales. O, al menos, ese es mi parecer.

Siento una especie de vergüenza ajena ante este espectáculo avalado por una ministra y todo su equipo que dan alas a ese gaycapitalismo insolidario, neoliberal, i no reivindicativo de nada que no sea “lo suyo” y mucha fiesta. No creo que representen a las personas luchadoras y solidarias que existen dentro del movimiento y que han conseguido desvirtuar los valores básicos de ese movimiento LGTB.

Solo deseo que las personas que siguen en su lucha diaria sean respetadas y no devaluadas como consecuencia de estos espectáculos que podrían calificarse de bochornosos, excluyentes e insolidarios.

Todo mi respeto y admiración a las personas que luchan solidariamente por un colectivo que todavía sufre la homofobia en sus diferentes variantes.

Ben cordialment,

Teresa

Un nuevo ataque a los derechos de las mujeres

         Hace apenas dos días conocíamos la terrible noticia de que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos devuelve a los Estados la potestad para regular sobre el asunto. Están en juego los derechos de treinta y seis millones de mujeres en edad reproductiva, que viven en los veintiséis de los cincuenta Estados que se han anunciado dispuestos a promulgar leyes restrictivas con carácter más o menos inmediato.

         Es un verdadero mazazo para los derechos de las mujeres de Estados Unidos y, por extensión, para el resto de las mujeres del mundo.

         Ayer, con motivo de esta noticia, escuchaba en la radio una reflexión de un señor (cuyo nombre no recuerdo por no haber prestado atención) que me resultó como mínimo curiosa. Soy incapaz de reproducir los datos, pero los dio. Y hablaba de esta medida como consecuencia de los miles de criaturas que mueren cada año como consecuencia de las armas. Por tiroteos o por accidentes de las armas que llevan las propias criaturas a quienes se las entregan sus padres para su autodefensa. Hablaba de la necesidad de procrear para “reemplazar” a las criaturas muertas por armas.

         Este ataque al derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo es un ataque a la base misma de los derechos humanos de las mujeres, puesto que es una forma de violencia machista, en este caso violencia estructural.

         Y es estructural porque parte de las estructuras de poder.  En este caso del poder judicial y también del poder legislativo que va a legislar en contra del derecho a decidir de más de la mitad de la población estadounidense, como lo son las mujeres.

         El avance de las derechas nunca es una buena noticia para las mujeres. La derecha, incluso la llamada moderada, siempre hace sentir la influencia de la Iglesia Católica en cualquiera de sus versiones. Y ya conocemos que la Iglesia Católica no se caracteriza, precisamente, por la defensa de la igualdad entre mujeres y hombres. Por tanto, el resultado de esa influencia siempre conllevará el retroceso en los derechos de las mujeres.

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Violencia institucional machista

         Desde hace unos años he defendido que el término “violencia de género” escondía muchos tipos de violencias y que, por eso, prefería utilizar el de “violencias machistas” porque engloba muchos más tipos de violencias que sufrimos las mujeres.

         Acaba de entrar en prisión María Salmerón por defender a su hija de su padre maltratador y con sentencia de veintiún meses de prisión por violencia de género y que no ha cumplido jamás.

         Sin embargo, María Salmerón, víctima de este maltratador condenado tuvo que entrar el pasado nueve de junio por proteger a su hija de su padre maltratador. A esto se le llama o, al menos yo se lo llamo, violencia institucional machista que, apoyada por una justicia patriarcal, consigue revictimizar a las mujeres en lugar de poner el foco en los maltratadores.

         Se han convocado decenas de actos para exigir la puesta en libertad inmediata de María para este lunes a las puertas de los ayuntamientos, en mi ciudad, Ontinyent, será a las 20 horas y, por supuesto, acudiré. Pero el mal ya está hecho porque no se ha impedido la entrada en prisión de una mujer cuyo único delito ha sido proteger a su hija y evitarle todo el dolor posible para que fuera feliz, dentro de las circunstancias.

         Hace falta mucha pedagogía feminista todavía en espacios como la justicia para desmontar la histórica desigualdad acumulada contra las mujeres y cuyo resultado seguimos pagando con violencias como la ejercida contra María.

         Denunciar las estructuras patriarcales que justifican y amparan este tipo de situaciones es urgente. En algunos casos, nos va la vida en ello, porque a María le van a robar seis meses de su vida. Seis meses que, gracias a su agresor y a quienes le amparan y justifican y a estructuras políticas y judiciales claramente patriarcales, que también hay que decirlo, van a conseguir ejecutar una injusticia de tal magnitud que va a necesitarse mucha reparación para salvar esta gran injusticia cometida con María.

         La legalidad no siempre va de la mano de la justicia. Y, sobre todo, cuando de asuntos de mujeres se trata. Lo vemos a diario. Vemos como se intenta por todos los medios mantener “a salvo” los privilegios patriarcales a costa de la vida de las mujeres.

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Complicidades masculinas

         En demasiadas ocasiones en los medios de comunicación escucho a los hombres condenar los asesinatos machistas con mucha contundencia. Y me alegro cada vez que los escucho. Suelen ser políticos cuando asesinan a alguna de sus convecinas o algún que otro presentador de informativos que, cunado da la noticia del asesinato de una mujer o la violación grupal de mujeres, se le nota la rabia e, incluso en algunos momentos, la deja ir llegando a ser “políticamente incorrecto” en los calificativos que dedica al agresor o al asesino. No voy a negar que me alegra.

         Pero salvo honrosas excepciones, ¿Dónde están los hombres?, ¿Dónde sus denuncias de estos asesinatos, violaciones etc.?, ¿Dónde están sus voces de condena contundente ante chistes machistas, imágenes que denigran o cosifican a las mujeres? No, no están, salvo, insisto, honrosas excepciones.

         Y no están, porque significaría renunciar a sus privilegios y eso no nos gusta a nadie.

         Significaría, además, romper con las complicidades tejidas con otros hombres con los que compartir privilegios y salirse de un sistema que se sostiene gracias a esos privilegios y al sostén y protección que entre ellos se procuran.

         Y lo vemos claramente en la aplicación de leyes sobre delitos cometidos contra la integridad física o emocional de las mujeres cuando siempre hay alguien que cuestiona las voces femeninas para favorecer las masculinas.

         Lo vemos también en la difusión de ese mismo tipo de noticias y en cómo las mujeres, incluso con las que tienen responsabilidades públicas, en algún momento son calificadas en base a sus atuendos y no a sus buenas o malas praxis. Y eso nunca ocurre con los hombres.

         También lo vemos en mas manifestaciones y declaraciones contra el sistema prostitucional en donde las voces de los hombres, prácticamente en su conjunto, desaparecen. No conozco ni a un solo hombre que reconozca haber consumido mujeres y, sin embargo, el Estado Español es el mayor consumidor de mujeres de toda Europa y el tercero del mundo. Las complicidades masculinas en este tema en concreto son, al menos para mí, alarmantes.

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Un primer aviso

         Con la convocatoria de las elecciones andaluzas para junio, de nuevo los partidos comienzan sus operaciones de “maquillaje” para poder “vender” (vender, si vender) sus opciones de gobierno en caso de lograr la confianza del electorado.

         Comienza el momento, pese a que todavía no ha llegado el tiempo de campaña electoral, de analizar los mensajes explícitos, pero también los implícitos, que van a determinar el voto de cada persona.

         Obviamente como valenciana, en estas elecciones autonómicas, no estoy convocada a votar. Pero lo estaré dentro de un año en las valencianas y, seguramente junto a muchas otras comunidades. Y ya me voy preparando para ver el paquete que cada partido nos pretende vender.

         Y es que más allá de las especificidades de cada comunidad, hay elementos que son genéricos y denominadores comunes de los partidos se presenten donde se presenten.

         No voy a engañar a nadie diciendo que mis prioridades pasan por temas como propuestas económicas de reparto de la riqueza, propuestas laborales creíbles y que ofrezcan trabajo decente y de calidad a quienes puedan acceder al mercado laboral, refuerzo de los servicios públicos y mejora de estos, etc. O, dicho de otra manera, de entrada, mi voto y de forma natural sería para opciones a la izquierda del PSOE de quien ya no me creo nada y a quien, afortunadamente para mí, jamás voté en una autonómicas ni generales.

         Hasta hace unos años, ya bastantes, esas eran mis premisas y las que determinaban mi voto. Mejor dicho, mis votos electorales autonómicos y en las elecciones generales. Pero como según dicen, la evolución es un grado, manteniendo intactas esas premisas, hoy tengo otras prioridades a la hora de analizar las opciones en quienes depositar mi confianza. Y, como no podía ser de otro modo, son las que defienden la agenda feminista en su conjunto.

         Y comienzo a tener claro que esas opciones las defienden pocos partidos. Tan pocos, al menos en estos momentos, que son solo dos y que no voy a nombrar porque seguramente estarán en la mente de todas y todos quienes lean estas letras.

         Y, como para las autonómicas valencianas queda un año, me voy a remitir a aquello de “obras son amores y no buenas razones”. Y, ¿por qué digo esto? Muy fácil. Lo que no se ha hecho, dicho o luchado a lo largo de los tres años pasados, muy difícil va a estar de realizar en el año que queda.

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Alicia Murillo Ruiz

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