Normalizado

        

Esta semana hemos comprobado cómo se abrieron todos los informativos de radio, Tv así como los periódicos llevaban a sus portadas de papel y digitales con el asesinato de un sacristán en Algeciras a manos de un joven musulmán.

         Ha habido declaraciones de toda clase por parte de la gente que se dedica a la política, a los medios de comunicación, a las tertulias, etc. y en todos los sentidos. Incluso algunas de ellas daban verdadera vergüenza escucharlas.

         No seré yo quien diga que el asesinato de esta persona no haya sido importante, en absoluto. Por supuesto que lo es. Como todos los asesinatos y muertes violentas.

         Y digo esto, porque igual que me parece importante el asesinato de este sacristán de Algeciras, me parecen importantes todos y cada uno de los asesinatos de mujeres y criaturas por violencias machistas incluida la vicaria.

         Sin embargo, parece que se han normalizado estos asesinatos de mujeres y criaturas a manos de asesinos machistas. Que ya forman parte del “paisaje” habitual. Como si la muerte de tantas mujeres cada año fuera una especie de peaje que se tuviera que pagar para seguir avanzando, olvidándonos del sufrimiento previo de estas mujeres, así como del hecho de que tenían derecho a vivir una vida libre de violencias sin que nadie se la arrebatara, a su voluntad y sin las víctimas pudieran hacer nada.

         Y digo nada porque hasta los sistemas de protección están fallando. Desde las instituciones las animan a denunciar, como si fuera tan fácil, para después dejarlas a su suerte en demasiados casos.

         La ley de medidas de protección contra la violencia de género fue un gran avance, no lo niego en absoluto, pero tiene casi veinte años y la sociedad ha cambiado mucho en estos años, por tanto aquella “foto fija” del momento en que se aprobó ha cambiado. En lógica consecuencia, la ley habría que actualizarse.

         Así mismo habría que fiscalizar mejor el destino de los fondos del Pacto de Estado y vigilar que ese dinero cumple en realidad los objetivos a los que debería ir destinado. Invertirlo en prevención y sensibilización para avanzar en la erradicación de todas las violencias machistas y, como consecuencia, en evitar los asesinatos de mujeres y criaturas a manos de machistas recalcitrantes que temen perder el control sobre ellas.

         Normalizar estos asesinatos forma parte básica de otra estrategia que es la más peligrosa de todas: conseguir que se pierda importancia, de nuevo, de estos hechos socialmente y que, de ese modo, se deje de hablar de ellos y se invisibilicen. Forma parte de otro tipo de violencia machista: La estructural

         No podemos olvidar que la violencia estructural de género o machista es aquella que se ha ejercido a lo largo de la historia como consecuencia de la naturalización de las diferencias biológicas entre mujeres y hombres. Y que esa naturalización dio paso a las desigualdades que se asentaron en las diferentes sociedades e instituciones que las gobiernan.

         De ese modo era «natural» que las mujeres estuvieran fuera de los espacios de toma de decisiones de toda índole. Decisiones que también las afectaban.

         Esta forma de exclusión patriarcal ha tenido como consecuencia directa el no haber tomado en consideración las necesidades propias de las mujeres y niñas en temas muy variados de sus vidas y que hayan sido tratadas como un único «corpus» sin voz ni apenas presencia y teniendo que ser representados por los varones de las familias que, en demasiados períodos de la historia, las han tenido consideradas como seres de segunda clase a quienes podían usar y explotar a su antojo.

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El «regalo» a las mujeres de Castilla y León

         Después del parón por las fiestas navideñas nos encontramos con el regalito envenenado que el vicepresidente del gobierno de Castilla y León ha propuesto hacer a las mujeres embarazadas de du comunidad: poner más trabas a su decisión libre de interrumpir su embarazo.

         Y es que la derecha, cuando se trata de la libertad sexual y reproductiva de las mujeres, de inmediato se pone de los nervios y a intentar por todos los medios anteponer la moral impuesta por sus creencias religiosas, a la plena libertad de las mujeres sobre sus cuerpos, su placer y su deseo o no de ser madres.

         Sin embargo, dentro de esa misma moral no entran restricciones a la libertad sexual y reproductiva de los hombres ya que en ningún momento se condenan sus “visitas” a violar mujeres prostituidas, por ejemplo. O mantienen un silencio cómplice con cada asesinato de mujeres a manos de sus parejas o exparejas. Muy “coherente” todo con los hombres.

         Pero con las mujeres la cosa cambia. Y ocurre esto y así, porque en el fondo, la derecha y la ultraderecha, a las mujeres nos consideran a las mujeres seres al servicio exclusivo de los deseos de los hombres y sin capacidad para decidir sobre nuestras propias vidas, sobre nuestros propios cuerpos y, por extensión, sobre nuestro placer propio.

         Si a esta concepción patrimonial de la posesión de las mujeres, le añadimos la necesidad perentoria de control de su descendencia a través de las gestaciones que ellos siguen sin poder realizar, nos encontraremos con situaciones muy “delicadas” para sus intereses.

         Y situaciones “delicadas” como consecuencia de la imposibilidad de gestar de los hombres pueden ser, como ya se hace, la compraventa de criaturas por vientres de alquiler de mujeres vulnerables económicamente, y ante lo cual, también existe un silencio cómplice por parte de las instituciones religiosas. Curioso.

         O quizás no tan curioso, si tenemos en cuenta cómo algunas congregaciones religiosas que dirigían algunos hospitales robaron criaturas, durante décadas de mujeres tanto solas, como con familias para entregarlas a gentes de posiciones elevadas a cambio de dinero. O, dicho de otro modo, ya ejercieron esta compraventa de criaturas hasta no hace demasiados años con la complicidad de estas instituciones religiosas que se espantan ante la posibilidad de una interrupción voluntaria del embarazo, pero que no tienen escrúpulos a la hora de comerciar con criaturas arrancada de sus madres para ser vendidas.

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¿En beneficio de quién?

         El feminismo lleva años denunciando la profunda patriarcalización de la justicia, tanto en su elaboración que atañe a los tres poderes del Estado.

         Atañe al ejecutivo que manifiesta su voluntad política de elaborar leyes que ha de aprobar, mediante negociación con otras fuerzas políticas si no se tiene mayoría absoluta, en el Parlamento.

         Afecta al legislativo porque es quien ha de aprobar las leyes y darles su forma definitiva.

         Y, por supuesto afecta al judicial que es quien ha de interpretar y aplicar dichas leyes.

         Por tanto, cuando se denuncia esa patriarcalicación de la justicia, en realidad no hablamos solo de la interpretación de las leyes, que también, hablamos, en definitiva, de cómo ese proceso viene mandatado por el sistema patriarcal, cuando no se quiere escuchar a las voces expertas que pueden advertir sobre lo que puede ocurrir si se descuidan algunos aspectos que suelen pasar desapercibidos. Mejor dicho, que el patriarcado se encarga de hacerlos pasar inadvertidos para su mejor gloria y pervivencia.

         Las mujeres lo vivimos en primera persona cuando no se quiere escuchar al feminismo porque siempre salimos perdiendo. Ha ocurrido muchas veces, sobre todo cuando ha habido mayorías absolutas y concretamente cunado esas mayorías han sido de derechas. Y no solo hablo de mayorías políticas, también me refiero a las judiciales.

         Lo estamos viviendo en este mismo momento con la tramitación de la llamada “Ley Trans” en la que, a través de la tramitación de urgencia, impulsada por grupos de presión que están marcando la agenda del Ministerio de Igualdad, y al equipo político que lo dirige, se ha usurpado la necesaria discusión parlamentaria y la imprescindible comparecencia de voces expertas para asesorar a quienes han de aprobar dicha norma, con el menor perjuicio social para la mayoría de la población, que somos las mujeres.

         Ocurrió lo mismo con las advertencias que, desde el feminismo, se hicieron ante la aprobación de la Ley de Garantía Integral de la Libertad Sexual, conocida como ley del solo sí es sí, que se obviaron dichas advertencias y las consecuencias no se han hecho esperar. Hasta el punto en que ya se ha realizado una modificación y el Tribunal Supremo ha hablado a través del recurso que uno de los condenados por el llamado “caro Arandina” realizó en su momento por su sentencia condenatoria.

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El cuerpo de las mujeres

         No es la primera vez que escribo sobre este tema. El cuerpo de mujeres como arma de guerra, como campo de batalla, como materia prima para negocios ilícitos o incluso para sufragar la guerra de Ucrania.

         Hoy, una vez más quiero referirme a nuestros cuerpos de mujeres como espacio que, ahora, incluso quieren borrar y/o copiar de forma un tanto grosera, por decirlo de forma un tanto delicada.

         El cuerpo femenino nunca ha tenido gran importancia aparte de su capacidad de gestar para la sociedad. Ha servido, básicamente como un vehículo a través del cual someternos.

         Someternos con violaciones dentro y fuera del matrimonio o la pareja, con abusos, con intimidaciones y un largo etc. sobre el cual utilizar el poder patriarcal para dominarnos y, así, mantener el control a cualquier precio.

Esas son formas brutales, pero hay otras más sibilinas con las que ejercer ese mismo poder sobre nuestros cuerpos. Me refiero a las modas de cuerpos normativos delgados, casi esqueléticos, insanos pero que los grandes diseñadores de moda, casi todos hombres y misóginos, imponen para que se pueden lucir sus piezas exclusivas. I si no los cumples vienen las críticas, cuando no las burlas que emanan de esa misoginia generalizada.

Además, se suman factores como la gordofobia, cada día más extendida pero que, curiosamente se ceba en las mujeres y no en los hombres, otra forma de presión añadida sobre cómo hemos de ser para “teóricamente” gustarles, sin que importe nuestro estado de salud ni vuestro bienestar físico y emocional.

Y lo peor de esta nueva tendencia es que las mujeres, en general se han subido al carro y son muy pocas las que se aceptan y se quieren tal y como son. Y, como se puede imaginar, sé de lo que hablo. Y, de nuevo el patriarcado impone a las mujeres que juzguen los aspectos físicos de otras mujeres y las cuestionen para, así ganar alianzas y reforzarse.

Otra nueva tendencia que cuestiona nuestros cuerpos es la de disfrazarse de mujer y exigir ser tratadas como mujeres, sin más, como un simple deseo individual que se impone de forma individual y obviándolos siglos de luchas feministas que han impulsado que cada mujer se apropie de su propio cuerpo y decida sobre él por encima de instituciones políticas y religiosas.

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«Solo sí es sí»?

         Estamos en plena eclosión de los primeros y malos resultados de la llamada “ley de solo sí es sí”.

         No soy jurista y, por tanto, esa parte la voy a obviar, pero lo que no voy a hacer es no comentar los resultados. Aunque sea un poco prematuro.

         El movimiento feminista lleva muchos, muchos años denunciando que las violencias machistas no sólo asesinan físicamente a las mujeres y a las criaturas.

El próximo viernes conmemoramos un año más el Día Internacional contra las violencias contra las Mujeres. Y, según el portal Feminicidio.net, por violencias machistas de toda clase y, en lo que llevamos de año, han sido asesinadas 38 mujeres, según cifras oficiales; 2  mujeres no contabilizadas oficialmente; 20 asesinatos de mujeres a manos de familiares; 2 feminicidios infantiles; 7 feminicidios no íntimos; 3 asesinatos de mujeres por robos; 1 mujer asesinada por narcotráfico; 2 feminicidios sin datos suficientes y 1 menor asesinado en el marco de la violencia machista, lo que nos da un total de 76 asesinatos y feminicidios hasta el día seis de noviembre de este año.

         76 vidas humanas perdidas por culpa de un sistema opresor que mata, mutila, viola y agrede a mujeres y criaturas para poder seguir manteniendo sus privilegios.

         Recordemos que la más violenta, silenciosa y criminal de las violencias machistas, es la violencia estructural que, no solo atraviesa de forma transversal todas las estructuras de poder, sean estas económicas, políticas, judiciales, etc. También permite la reproducción de los estereotipos opresores a través de la socialización diferenciada que nos deja una marca indeleble de por vida tanto a hombres como a mujeres.

Y, como decía, la violencia estructural, también afecta a los poderes del Estado y los recorre pese a lo avanzado en los últimos años. De esa manera tanto a la hora de legislar como a la hora de aplicar esa legislación aprobada en el Parlamento, la mirada patriarcal implícita en la violencia estructural, vuelve a ejercer su poder sobre las mujeres. Y eso ocurre siempre que no se tenga la formación adecuada e, incluso teniéndola, a veces ocurre.

Tampoco podemos olvidar que ya son casi mil doscientas las mujeres asesinadas por violencias machistas las contabilizadas desde el año 2003, y, por tanto, solo así entenderemos la magnitud que este fenómeno tiene sobre la vida de las mujeres. Y, por tanto, lo que implica la correcta legislación de las normas y de la aplicación de las mismas leyes por parte de los agentes jurídicos implicados.

De lo contrario, volvemos a revictimizar a las víctimas una y otra vez, desde las propias instituciones que, teóricamente las deberías de proteger.

Quiero pensar que, con la aprobación de la Ley del “solo sí es si” se buscaba aumentar el grado de protección de las víctimas de violencias sexuales, pero, al menos hasta ahora, lo que se está consiguiendo, de nuevo, es proteger a los victimarios y revictimizar a las mujeres agredidas. De nuevo el patriarcado con todas sus armas buscando justificar a los agresores culpabilizando las mujeres de sus propias agresiones y sus consecuencias.

En feminismo no nos podemos permitir tener cortoplacismos. Hay que pensar a corto plazo, de acuerdo, pero sobre todo a medio y largo plazo. Y esto en política se ha de tener muy claro, puesto que de lo contrario nos podemos encontrar con que los plazos, medidos en tiempos electorales, se acaben volviendo en contra de las propias mujeres como ahora mismo estamos comprobando con la entrada en vigor de la ley antes mencionada.

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Por sus…narices!

         Como feminista radical (la que va a la raíz de las cosas) asisto – y escribo- sobre todo el proceso para la aprobación de la llamada Ley Trans.

         Me alucinan muchas cosas de este proceso como por ejemplo la falta de rigor democrático de quienes la proponen y que, al menos en teoría, deberían velar por el avance y consolidación de los derechos de las mujeres.

         Se ha perdido toda una legislatura sin apenas avanzar en derechos, porque salvo la ley llamada “Solo sí es sí” y con salvedades, no se ha desarrollado el Pacto de Estado contra las Violencia de Estado, cuyo impulso y compromiso era una cuestión de coherencia política. Y mientras a las mujeres nos siguen asesinando por ser mujeres. Y a las criaturas para, sobre todo, hacer daño a las madres.

         Todos los esfuerzos han estado dedicados a lograr derechos civiles para un porcentaje ínfimo de la población. Y siempre he dicho que todo lo que conlleve aumentar derechos civiles del conjunto de la población me parecerá siempre estupendo y plausible.

         Pero en este caso, el aumento de derechos para esa parte ínfima de la población que pretende convertir sus deseos en ley tiene una pega. Solo una, pero importantísima: Que esos derechos cercenan y de forma importante, los derechos de algo más de la mitad de la población que somos las mujeres.

         La cancelación en redes sociales, la cancelación de presentación de libros o de conferencias de grandes voces del feminismo, la propuesta de eliminar del Consejo de Estado de una de las principales voces feministas del Estado, así como la invención de una neolengua que pretende borrar la palabra MUJER de su particular diccionario, así como la violencia desatada contra las feministas en algunas concentraciones y/o manifestaciones da una idea de la virulencia de esos postulados, uno de cuyos gritos es “Kill de Terfs” o muerte a las Terfs que es la nueva forma de llamarnos al as feministas radicales. Antes nos llamaban feminazis, pero como he dicho antes, están inventando una neolengua posmoderna chupiguay y brilli brilli que todo lo quiere inundar.

         Es una verdadera pena y una estafa que quienes se decían desde la supuesta izquierda que venían a renovar la política y las instituciones hayan derivado en esto. En una nueva forma de sectarismo que pretende aprobar por urgencia una ley que puede cambiar a peor la vida de algo más de la mitad de la población y que además pretende borrar del diccionario la palabra MUJER, al querer negar el sexo biológico con el que nacemos hombres y mujeres y que es la fuente de la opresión histórica que sufrimos las mujeres.

         Y, nada más y nada menos que por sus…narices, pretenden sustituirlo por el “género sentido”. Ahí es nada.

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#StopDelirioTrans

Estamos asistiendo en las últimas semanas a una ofensiva, más violenta si cabe, del patriarcado más rancio, aunque reconvertido en chupiguay y con mucho brilli-brilli. Y lo que es peor, o yo lo vivo peor, de la mano de quienes venían a cambiar la política desde el movimiento 15M.

         Recuerdo con cierta tristeza la ilusión que mi amiga Fran, que en aquel momento vivía en Madrid, me transmitía del movimiento de cambio. Fran, es un poco mayor de edad que yo, pero vivió el 15M con una emoción intensa, como una verdadera oportunidad de renovación con sus círculos de diálogo, con su contacto permanente con los movimientos de la ciudadanía, con la juventud y su preparación, en fin…

         En ese sentido, siempre fui bastante más escéptica, puesto que nunca advertí en este movimiento con claridad los dos sesgos que son motores de mi vida: El de la igualdad entre mujeres y hombres y el de la lucha de clases, y eso siempre me mantuvo alerta.

         El tiempo, desgraciadamente, me ha dado la razón, sobre todo en el tema de igualdad entre mujeres y hombres. Porque los posmodernos que salieron de aquel movimiento ciudadano, y que hoy se sientan en el consejo de ministros y ministras, se han convertido en rehenes del patriarcado más hostil y sofisticado en manos del gran capital.

         Las mujeres, si no lo impide el movimiento feminista radical (quiero insistir en que radical viene de raíz), vamos de nuevo a ser las grandes perdedoras de esta especie de revuelta del “gaycapitalismo”, como lo denominaba Shangai Lily, que son quienes están gobernándo la agenda del Ministerio de Igualdad en manos, sorpresas de la vida, de una de aquellas mujeres salidas del movimiento que entonces iba a cambiarlo todo en política. Y seguramente lo va a cambiar, pero para peor, al menos para las mujeres y las criaturas.

         Son la misma gente que quiere regular los vientres de alquiler o la prostitución para mantener, de la mano del capitalismo, las garras del patriarcado más feroz sobre los cuerpos de las mujeres y la infancia y, así, poderlos seguir utilizando para satisfacer sus apetitos, sean estos del tipo que sean. El objetivo final sigue siendo el mismo: la supremacía de los deseos de los hombres convertidos en leyes, aunque sea a pesar del dolor y el sufrimiento de más de la mitad de la población.

         Lo revisten de colores pastel, de simbología novedosa, de mucha purpurina y de brilli-brilli, de una neo lengua que pone la diversidad como algo progresista en el centro de todo, pero a poco que rascas te das cuenta de que las mujeres y la infancia les importamos menos que un rábano. Lo único que les importa es que sus apetencias, disimulando de mil maneras su fondo de soberbia y su forma de violencia, sean convertidas en leyes.

         La lesbofobia campa a sus anchan entre esta nueva doctrina que pretende que el “género fluido” lo inunde todo, olvidando que es el sexo físico con el que nacemos el origen de privilegios y opresiones. Privilegios de los hombres y opresiones de las mujeres.

         El resto, son inventos de una pseudociencia que pretende imponer por vía de urgencia en el Parlamento, sin escuchar a gente experta, una decisión sin ningún tipo de fundamento ni científico ni ético. Es más, usurpando al Parlamento parte de sus funciones por una urgencia inventada y financiada por grandes empresas multinacionales farmacéuticas y clínicas privadas, ocultando que con estas leyes van a conseguir centenares de miles de pacientes cautivos y crónicos de por vida.

         El resto es humillar y silenciar a gente que quiere exponer su opinión contraria a estos postulados en todas partes e incluso con agresiones físicas y cancelaciones en redes sociales.

         El resto es la imposición de un pensamiento único, dogmático y vigilante con quien no opine como ellas y ellos y acaben siendo víctimas de un sistema como el que George Orwell ya definía en su distópico libro “1984” escrito en el año 1949, recién acabada la Segunda Guerra Mundial.

         El resto es linchar a grandes filósofas, políticas, pensadoras y feministas por no compartir este delirio, nos da una idea de lo que se está cociendo y de quienes están detrás.

         El resto es oprimir todavía más a más de la mitad de la población que somos las mujeres. Cosa que ni es progresista, ni es de izquierdas, por muy diverso y plural que se quiera disfrazar. Es, directamente, patriarcado capitalista de la mano del posmodernismo chupiguay y con mucho brilli-brilli. Que no nos engañen.

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La mayor revolución silenciosa

         Aunque no lo parezca el feminismo no ha matado a nadie en sus casi tres siglos de existencia, o más. Mary Astell (1666-1731) ya dijo aquello de:” Si todos los hombres nacen libres, ¿Cómo es que todas las mujeres nacen esclavas?”. Como vemos, han pasado años, bastantes.

         Después han seguido llegando las diferentes olas feministas y, salvo alguna de las propias activistas por el voto en Gran Bretaña en la época de las sufragistas, como fue el terrible caso de Emily Wilding Davison que fue arrollada por el caballo del rey Jorge V en el Derby de Epsom el 4 de junio de 1913 y falleció a causa de este suceso cuatro días después, ninguna feminista ha asesinado a ningún hombre por ser machista o sano hijo del patriarcado.

         Hecho este pequeño apunte histórico, quiero referirme a los horrorosos hechos acaecidos el pasado dos de octubre en el Colegio Mayor Elías Ahuja de Madrid con sus gritos profundamente machistas y misóginos contra sus compañeras del Colegio Mayor Santa Mónica.

         Los estudiantes del colegio masculino Elías Ahuja se comportaron como buenos hijos del patriarcado, excusando tanto ellos como las estudiantes del colegio femenino Santa Mónica, esos gritos violentos y machistas, como parte de las tradiciones de los dos colegios mayores.

         Me he permitido el lujo de mirar los precios de las habitaciones de ambos colegios mayores y solo aparecen en el masculino. Y el precio con IVA de una habitación ronda los dos mil euros mensuales, exactamente mil novecientos noventa euros. Un precio que obviamente solo pueden pagar una élite económica que, a su vez forma parte de un grupo social favorecido económicamente bien por estirpe o bien por negocios que no siempre pueden ser tachados de lícitos.

En cualquier caso, esa élite, tanto los estudiantes como las estudiantes, forman parte de un grupo social que goza de unos privilegios que no todo el mundo pude tener. Y, por tanto, los van a defender. Y dentro de esos privilegios están esas “tradiciones” profundamente machistas y misóginas por parte de ambos sexos.

Si, porque si los estudiantes gritaron obscenidades contra las estudiantes, estas, también de clase acomodada, cuando vieron el revuelo mediático que se armó no dudaron en sacar un comunicado, “aceptando” las disculpas que se vieron obligados a pedir los estudiantes, pero, al tiempo justificando las agresiones verbales dentro de las “tradiciones” de ambos colegios mayores.

Y volvemos a las tradiciones, como si estas no pudieran evolucionar con los tiempos e incorporar nuevos modelos sociales de respeto e igualdad entre los sexos sin buscar la ofensa verbal i las amenazas de violaciones vertidas a voz en grito.

Al final vemos que, por muchas disculpas que se pidan y que sean aceptadas, esta gente de élites vive en sus mundos en los que la evolución hacia modelos más igualitarios y menos asimétricos son algo que, al parecer no les atañe y que, por tanto, no va con ellos ni ellas.

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De vuelta y con ganas

         Pues sí, se acabó el tiempo de descanso y ya estoy de nuevo aquí. Ese tiempo de descanso se acabó, pero los problemas de las mujeres del mundo siguen, en el mejor de los casos, igual que estaban a finales de julio. Y, en algunos casos incluso se ha empeorado.

         En el Estado Español, la “avería” que ha generado el Ministerio de Igualdad con la tramitación por la vía de urgencia de la llamada Ley Trans que impide la audiencia de personas expertas en la materia y sus consecuencias es, directamente, un atentado contra los derechos de la mitad de la población que somos las mujeres, a quienes se nos pretende borrar incluso el nombre.

         Con el neolenguaje inventado por una camarilla al servicio de grandes grupos de presión farmacéuticos i de clínicas privadas, se pretende desdibujar, cuando no directamente eliminar la palabra “mujer” como realidad material explícita.

         El personal sanitario redactó un manifiesto al que pidieron que no sumáramos todas las personas que no estuviéramos de acuerdo con la aprobación de dicha ley y así lo hicimos mucha gente. Gente que está siendo ninguneada por el Ministerio que, presuntamente, debería velar por los derechos de las mujeres.

         Cuando un grupo minoritario de personas, un colectivo relativamente pequeño pretende imponer que sus deseos sean convertidos en Ley, pasándose por el arco del triunfo los derechos de más de la mitad de la población que somos las mujeres, algo no se está haciendo bien.

         Y eso genera indefensión a muchos colectivos y, sobre todo, pone en peligro grave a las mujeres que sí perdemos derechos. Y eso sin contar con la misoginia y lesbofobia que está generando, puesto que cuando una mujer lesbiana no quiera tener relaciones con un hombre autodefinido como mujer, puede ser tachada de tránsfoba con las consecuencias de linchamiento público y privado que ello conlleva.

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¿En qué se ha convertido la manifestación del Día del Orgullo?

         Hace muchos años leí un artículo de Shangay Lily una expresión que me llamó poderosamente la atención. Comenzaba a hablar del “gaycapitalismo” y de lo que se estaba comenzando a hacer con todo lo relacionado con las conmemoraciones del “orgullo”.

         Ahora no hacen falta explicaciones. Lo vemos año a año. Y, en el colmo de los colmos, hoy me encuentro con que la retransmisión que hizo ayer TVE de la manifestación enfocaba una y otra vez a un grupo de hombres mayoritariamente que han comprado a sus criaturas a través de vientres de alquiler de mujeres, seguramente pobres, que lo hacen para mejorar su situación con todos los riesgos que ello significa. Y solo para satisfacer los deseos de esos hombres que representan perfectamente lo que es el “gaycapitalismo”.

         Otra cosa que me llama la atención poderosamente en estos actos es la presencia mayoritaria de banderolas que representan el movimiento transgenerista tan aplaudido por la mayor parte del colectivo. Gente que representa una misoginia brutal hacia las mujeres en general y hacia las lesbianas en particular enarbolando y formando parte de un movimiento que debería ser reivindicativo. No lo entiendo.

         Miento, si lo entiendo. Y lo entiendo perfectamente. Porque de nuevo el patriarcado juega sus bazas e intenta arrasar con cualquier cosa que suponga un peligro para su supervivencia.

         De ese modo y de nuevo, han convertido un acto que debería ser reivindicativo, en algo disparatado e incluso vergonzoso para las personas que pensamos que se puede amar en libertad y a quien se quiera amar, mas allá de su sexo.

Y recordamos que ser homosexual todavía está penado con la muerte en demasiados países del mundo. O que observamos con terror como las lesbianas son tachadas de transfobas por no querer tener relaciones con hombres que se sienten mujeres. O cómo la ministra de igualdad abandona el feminismo para hacerle el juego a ese gaycapitalismo que ella se empeña en reforzar con su propuesta de ley trans.

         Malos tiempos para las reivindicaciones reales del colectivo, sobre todo de las mujeres lesbianas que, una vez más, han sido aparcadas por el patriarcado en su nueva versión posmoderna y chupiguay.  

         Como feminista radical (de raíz) soy una firme partidaria de que cada cual ame a quien quiera y como quiera y que los derechos civiles sean los mismos para todas las personas independientemente de su orientación sexual. En lo que ya no estoy tan de acuerdo es que los deseos de algunos supongan la opresión de las mujeres lesbianas, por ejemplo. O la practica expulsión del colectivo gaycapitalista.

         Conmemorar los disturbios de Stonewall de 1969 se ha convertido poco menos que en un carnaval y ha dejado de tener nada de reivindicativo. Las personas realmente comprometidas han sido prácticamente expulsadas de ese carnaval de disfraces, colores, música y premios a quien sea más veloz corriendo con tacones. O a folklóricas caracterizadas por su machismo y su sentido rancio de la vida.

         Entiendo perfectamente a algunas amigas lesbianas y algunos amigos gays que han decidido alejarse de ese festival de luz y de color y totalmente vacuo reivindicativamente hablando porque ya no les representa.

         Porque reivindicar la compra de bebés para satisfacer deseos, como que no es muy serio que digamos.

Y si, todo el mundo tiene derecho a amar en libertad y a quien quiera, pero también hemos de recordar que la homofobia sigue presente en nuestro día a día y que las agresiones homófobas han aumentado significativamente. Y este tipo de temas no se combaten con carnavales. O, al menos, ese es mi parecer.

Siento una especie de vergüenza ajena ante este espectáculo avalado por una ministra y todo su equipo que dan alas a ese gaycapitalismo insolidario, neoliberal, i no reivindicativo de nada que no sea “lo suyo” y mucha fiesta. No creo que representen a las personas luchadoras y solidarias que existen dentro del movimiento y que han conseguido desvirtuar los valores básicos de ese movimiento LGTB.

Solo deseo que las personas que siguen en su lucha diaria sean respetadas y no devaluadas como consecuencia de estos espectáculos que podrían calificarse de bochornosos, excluyentes e insolidarios.

Todo mi respeto y admiración a las personas que luchan solidariamente por un colectivo que todavía sufre la homofobia en sus diferentes variantes.

Ben cordialment,

Teresa

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